Revolución Socialista: tarea titánica, pero no imposible

Marcelo Colussi
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Introducción

Hoy, en un mundo ganado por la ideología capitalista neoliberal, manejado por megacapitales que tienen en la guerra y en las finanzas sus más grandes negocios, con un afán de lucro insaciable que ha orillado a la humanidad toda a la catástrofe medioambiental en que se vive, y luego de “revertidos” (idea a discutir) algunos importantes procesos socialistas en el mundo, hablar de revolución parece –o nos quieren hacer parecer– algo “pasado de moda”.

Definitivamente, esto no se trata de “modas”. De todos modos, para la ideología dominante –que es aquella de la clase que domina: la burguesía– todo lo que huela a posible alteración de sus privilegios, es un peligro mortal. Peligro para ella, claro. De ahí que no descanse un instante en esta interminable lucha de clases que mueve al mundo, que mueve la historia, para seguir imponiéndose. “Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando”, dijo sin piedad el archimillonario estadounidense Warren Buffett.

El capitalismo, como sistema, hace ya largos siglos que viene dominando el mundo, expandiéndose por todos los rincones del planeta. Pero desde mediados del siglo XIX le han aparecido obstáculos que lo adversan. Desde las primeras reacciones anarquistas, pasando por el socialismo llamado utópico, hasta la formulación más precisa conceptualmente de un socialismo científico de la mano de la obra teórica de Marx y Engels, los desposeídos (la gran masa trabajadora, los pueblos originarios, las mujeres, los excluidos de toda índole) han levantado voces de protesta. Entrado el siglo XX aparecieron las primeras construcciones sólidas intentando superarlo: fueron las primeras revoluciones socialistas.

Hoy, ya transcurridas dos décadas del siglo XXI, por diversos motivos –la actual pandemia de coronavirus es un mero accidente circunstancial en esto– el capitalismo global se muestra victorioso y las experiencias socialistas han perdido vigor. Ello trajo aparejado un brutal envalentonamiento de los capitales sobre las grandes mayorías trabajadoras, ampliando a niveles del siglo XIX la explotación. En esa lógica, los mecanismos ideológico-culturales del sistema intentan presentar la idea de cambio social como una utopía irrealizable, como un sueño condenado al fracaso. La desintegración del primer Estado obrero y campesino, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, sería la palmaria demostración de ese fracaso.

De esa cuenta, las luchas populares han ido quedando bastante silenciadas. ¡Pero no extinguidas! Las causas que las motivan persisten, por lo tanto, esas luchas seguirán. Pero hay un clima general que no propicia las ideas socialistas, la transformación revolucionaria de la sociedad, el ideario de un nuevo mundo no capitalista. El discurso ideológico dominante quiere transformar a los trabajadores en “colaboradores”, logrando en buena medida su objetivo, criminalizando las protestas, explotando cada vez en forma más inmisericorde.

¿Por qué es tan difícil avanzar en planteos anticapitalistas? ¿Acaso el capitalismo no caerá nunca? Tratemos de analizar un poco más en detalle esta compleja cuestión.

Un poco de historia

Desde que hubo producción excedente con la aparición de la agricultura hace aproximadamente 10,000 años, se constituyeron las sociedades con estratificación de clases. Es imposible reconstruir el proceso por el cual un grupo se instituyó como propietario de ese excedente; solo puede especularse al respecto. Lo cierto es que, más allá de la forma concreta que esa división social fue tomando, la historia humana nos muestra una continua repetición del fenómeno.

En la Mesopotamia asiática, en el antiguo Egipto, en China, en el continente americano, en África, en la India o en Europa, relativamente al mismo tiempo –si entendemos que diez milenios no son nada en la historia de esta especie que es el actual Homo sapiens sapiens– fueron apareciendo formas civilizatorias que se repitieron más o menos iguales. Sea un séquito y el faraón, rey, emperador, sumo sacerdote o como se le haya llamado, la historia evidencia siempre un patrón similar: un grupo se hizo “dueño” y doblegó a otro. Lo notable es que el “ganador” de esa pugna fue siempre una pequeña élite, imponiéndose sobre grandes mayorías, a las que subyugó: curioso misterio de nuestra historia como humanidad, relación que se mantiene hasta el presente.

El materialismo histórico, sin poner énfasis en el porqué de esa particular manera en que se dieron las relaciones humanas (una pequeña minoría manejando a una gran masa), estableció que es partir de ese momento en que las poblaciones se volvieron sedentarias y produjeron más de lo estrictamente necesario para sobrevivir, que comienza la lucha de clases. Dicho enfrentamiento es lo que motoriza la historia humana desde hace 10,000 años.

Pasando por diversos modos de producción (comunismo primitivo, asiático o americano prehispánico –despótico-tributario–, esclavista, feudal) la humanidad llegó al capitalismo. Este sistema, basado en el primado del capital (“trabajo acumulado”, “relación social de producción”), que explota el trabajo asalariado de grandes contingentes de personas, tiene ya una larga historia –aunque corta si se compara con otros modos de producción, que se extendieron por milenios–. Surge en Europa; sus albores pueden situarse en la Liga Hanseática, en el mar Báltico, a mediados del siglo XIV. El Renacimiento italiano, con su espectacular florecimiento económico y científico, marca su despegue con toda la fuerza. La industrialización moderna de algunos países (Inglaterra, Francia, Alemania, Flandes), fundamentalmente la que se da en Gran Bretaña, le da la mayoría de edad. Las revoluciones políticas de Inglaterra, en 1688, y fundamentalmente la de Francia en 1789, inauguran el mundo moderno con las características que hace más de dos siglos van marcando el ritmo del planeta: democracias de mercado se les llama hoy día a eso que, según el discurso imperativo que impone la clase dominante: la burguesía, es el punto máximo de desarrollo que alcanzó la humanidad.

El capitalismo, desde sus comienzos, mostró una tendencia irrefrenable: su expansión como sistema y la concentración del capital. La necesidad de mercados, nuevos y cada vez más variados y extendidos, le es intrínseca. “La tarea específica de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial (…) y de la producción basada en ese mercado. Como el mundo es redondo, esto parece tener ya pleno sentido”, anunciaba Marx en 1858. Con el grito de “¡Tierra !” proferido por Rodrigo de Triana desde el palo mayor de la nave insignia de la expedición, la Santa María, la madrugada del 12 de octubre de 1492, se inicia la expansión del capitalismo y la verdadera globalización. Ahí la Tierra efectivamente se hace redonda, y los capitales comienzan a esparcirse planetariamente en búsqueda de: 1) mercados (para realizar la plusvalía); y 2) materias primas para la producción de nuevas mercancías inventando interminablemente nuevas necesidades. Fueron las potencias capitalistas de Europa Occidental las que tomaron la hegemonía planetaria. El colonialismo salvaje que impusieron a buena parte del globo (Asia, África, Latinoamérica y el Caribe) dominó los siglos XVIII, XIX y parte del XX, exterminando o confinando innumerables pueblos originarios. La mano de obra esclava de población negra de origen africano más el saqueo de recursos en América aniquilando en buena medida a sus pueblos tradicionales, permitieron el desarrollo industrial de Europa, cuyos productos comenzaron a circular por todo el orbe.

La explotación de la clase dominante –propietarios industriales, banqueros y terratenientes– creó enormes contingentes de trabajadores asalariados, a los que explotó, y también a los que vendió los productos que este nuevo modo de producción fue imponiendo, obligando a consumir cada vez más en forma creciente. El siglo XX presentó dos grandes guerras entre potencias capitalistas, las que se disputaban el control de materias primas y mercados. Como siempre, el perjudicado fue el pobrerío. Esto muestra que en la clase dirigente hay fisuras, enormes sin dudas, que pueden llevar a devastadoras guerras, pero a la hora de mantener sus privilegios, se une en forma monolítica. Las citadas palabras del financista Warren Buffett lo dejan ver: como clase, se defiende a muerte para no perder.

Entrado el siglo XXI, la situación presenta a Estados Unidos –originalmente colonia británica– como dominador del mundo. Los avatares del siglo XX lo dejan en una posición dominante. El capitalismo actual, absolutamente globalizado y hegemónico en la escena política internacional en estos momentos, tiene en ese país su principal exponente. Los megacapitales que manejan el mundo siguen siendo (en fundamental medida) estadounidenses; hablan en inglés y se rigen por el dólar. La fuerza militar principal también les corresponde, habiendo creado una alianza con numerosos países europeos –la OTAN– para, supuestamente, “defender” la paz de ese continente. Ese capitalismo desenfrenado necesita en forma creciente materias primas y energía. La mundialización del “american way of life” lleva a un consumo interminable de recursos. Poder asegurarse esos recursos y las fuentes energéticas, otorga la posibilidad de manejar la humanidad. Desde Washington eso se viene realizando hace años.

Después de la Segunda Guerra Mundial la clase dominante de Estados Unidos convirtió a Europa en su rehén nuclear y, a través del oneroso Plan Marshall, en su socio menor, obligándola a quedar en dependencia del dólar, intentando dominar el mundo a través de su moneda y de las 800 bases militares que tiene desplegadas en el planeta. Con la Unión Soviética como único rival en el plano militar y ninguno en el ámbito económico, se sintió ampliamente dominante en el panorama global. El Imperio Británico que se había mantenido hasta 1945 fue absorbido por Washington, con lo que el país americano se sintió ganador en todos los aspectos, heredando las colonias del antigua Reina de los mares. En la guerra, distinto a lo que pasó con las potencias que combatieron, su territorio quedó intacto, mientras Japón y Europa estaban devastadas, y la Unión Soviética sufrió enormes pérdidas (25 millones de muertos, de los 60 millones que ocasionó la Segunda Guerra Mundial). Todo eso mostró un capitalismo novedoso, con un nuevo centro imperial con un poderío fabuloso, pero los cimientos del sistema siguieron siendo siempre los mismos: la explotación del trabajo asalariado continuó siendo la fuente de generación de riqueza, apropiada en su mayor parte por una clase dominante. Eso no varió.

Es preciso agregar que el capitalismo hiper desarrollado –léase: el estadounidense– entró ya en una fase que podríamos decir “hedonista”, consumiendo mucho más de lo que produce. En esa lógica, el manejo financiero de los capitales fue cobrando cada vez más relevancia. De ahí que se haya transformado en un primado de la especulación financiera, creando masas monumentales de dinero, ya sin correlato con bienes tangibles. En otros términos: esos megacapitales que manejan la mayor parte del planeta se mantienen en base a especulaciones, a juegos intangibles en las bolsas de valores, al manejo de un recurso vital como es el petróleo cotizado en dólares y, en definitiva, en un poder que le confieren sus inconmensurables fuerzas armadas.

Reacciones anticapitalistas

A ese capitalismo de origen europeo rápidamente, ya en el siglo XIX, le surgieron protestas por su condición de hiper explotador de la masa trabajadora. Aparecieron así movimientos de organización de la clase obrera, creándose sindicatos y gestándose un pensamiento anticapitalista. Luego de primeros balbuceos con propuestas de un socialismo romántico-utópico que veía la posibilidad de “abuenar” al capital (Robert Owen, Charles Fourier, Henry Saint Simon, Flora Tristán), de la mano de Carlos Marx y Federico Engels surge el socialismo científico, el materialismo histórico, habitualmente conocido como marxismo. Se sientan ahí las bases para la transformación revolucionaria del sistema capitalista. El Manifiesto Comunista de 1848 que escriben estos revolucionarios, en sustancia sigue siendo absolutamente vigente.

Entrado el siglo XX, enmarcadas teóricamente en las formulaciones marxistas, llegan las primeras revoluciones socialistas, los primeros Estados manejados por obreros y campesinos. Rusia en 1917, China en 1949, Cuba en 1959, luego Vietnam, Corea del Norte, Nicaragua. La mecha anticapitalista se encendió, y ya difícilmente puede apagarse.

Durante ese siglo van avanzando en forma creciente las luchas populares. Con distintas características y apegadas a coyunturas e idiosincrasias particulares, las mismas ganan terreno. Para el sistema, definitivamente, eso representó un problema: era una forma de cuestionarlo, de ponerlo en jaque. La experiencia de los primeros cambios revolucionarios arriba mencionados muestra que sí es posible algo más allá del capitalismo.

Algunas décadas atrás, cuando a nivel mundial se conjugaron una serie de elementos que presentaban un panorama favorable a las fuerzas progresistas (avance del pensamiento de izquierda, movimientos populares en alza, guerrillas de orientación marxista, mística guevarista, Mayo Francés, Teología de la Liberación), era pensable que la toma del poder y la construcción de un mundo nuevo concebido desde ideales socialistas de justicia estaban a la vuelta de la esquina. Los años 60 y 70 del siglo pasado, quizá con un aire excesivamente triunfalista –pero honesto, saludable, para echar de menos y reivindicar hoy día– lo permitían deducir: las causas populares y de justicia avanzaban impetuosas.

En la actualidad, bien entrado ya el siglo XXI, aquella marea de cambio que se mostraba imparable no existe. No sólo eso: muchos de los avances sociales conseguidos durante los primeros años del siglo XX hoy día se han revertido, en tanto que el ambiente dominante a escala planetaria se pretende que sea, al menos desde los poderes centrales que dictan las políticas globales, despolitizado, desideologizado, “light”. La pandemia actual viene a reforzar esa situación de postración para las grandes mayorías populares. Mientras para algunos sectores poderosos se busca un capitalismo que avizora una nueva y renovada fuerza post pandemia, para las grandes masas planetarias se tiene ante sí un panorama más bien sombrío.

El sistema capitalista, de quien se anunciaba victorioso hacia los 70 del pasado siglo, ya estaba por caer –eso se creía con profunda honestidad– no cayó. Lejos de ello, hoy se muestra muy vivo, activo, vigoroso. De la Guerra Fría que marcó a sangre y fuego por largos años la historia global, fue el capitalismo quien salió airoso, y no la propuesta socialista. El muro de Berlín, símbolo de esa confrontación Este-Oeste, socialismo-capitalismo, se terminó vendiendo por trocitos como recuerdo turístico. Y de las posiciones ideológicas de izquierda que definieron buena parte de los acontecimientos del siglo XX hoy parecieran quedar sólo algunos sobrevivientes, pero no son las que marcan el ritmo de los acontecimientos.

Vistas así las cosas, el panorama pareciera sombrío. En un sentido, lo es. Las represiones brutales (años 70 y 80 del siglo pasado) que siguieron a esos años de crecimiento de las propuestas contestatarias, los miles y miles de muertos, desaparecidos y torturados que se sucedieron en cataratas durante las últimas décadas del siglo XX en los países del Sur con la declaración de la emblemática Margaret Tatcher “no hay alternativas” como telón de fondo, el miedo que todo ello dejó impregnado, son los elementos que configuran nuestro actual estado de cosas, que sin ninguna duda es de desmovilización, de desorganización en términos de lucha de clases. Lo cual no quiere decir que la historia está terminada. La historia continúa, y la reacción ante el estado de injusticia de base (que por cierto no ha cambiado) sigue presente. Ahí están nuevas protestas y movilizaciones sociales recorriendo el mundo, quizá no con idénticos referentes a los que se levantaban décadas atrás, pero siempre en pie de lucha reaccionando a las mismas injusticias históricas, con la aparición incluso de nuevos frentes: las reivindicaciones étnicas, de género, de identidad sexual, la lucha por el medio ambiente.

De todos modos, aunque es cierto que las luchas reivindicativas no terminaron –ni es posible que terminen, porque son el motor de la historia precisamente–, están adormecidas. En términos generales lo que se ha inoculado en la cultura política de la población planetaria es el conformismo, la cultura “light”, la mansedumbre. Eso marca el momento actual. Las políticas neoliberales de estas últimas décadas sirven para acallar protestas: se trabaja cada vez más sin prestaciones sociales, sin sindicatos, en condiciones de mayor pauperización, y no hay que protestar porque se puede perder el escaso trabajo. En ese sentido, el capitalismo no está muerto, ¡para nada! Las ganancias capitalistas, pese a la pandemia, para los grandes grupos que controlan la economía mundial, siguen creciendo.

El capitalismo sigue muy vivo

El sistema, que sin ningún lugar a dudas no puede solucionar todos los problemas humanos que hoy día ya son solucionables gracias al desarrollo científico-técnico, no está agotado. Con varios siglos de existencia, sabe arreglárselas muy bien para permanecer de pie. En la guerra contra el socialismo, hoy por hoy va ganando. Pero eso no es una buena noticia para la humanidad, porque la prosperidad de unos pocos asienta en las penurias de las grandes mayorías planetarias. Para que un 15% de la población mundial (el Norte próspero y ciertas capas medias en el Sur, junto a la que se encuentra un super minúsculo grupo de privilegiados con fortunas inconmensurables) tenga una vida confortable, el 85% de la humanidad (todo el Sur global) pasa penurias indecibles: hambre, enfermedades, ignorancia, represión brutal. Como dijo Fidel Castro: “Las bombas podrán terminar con los hambrientos, con los enfermos y con los ignorantes, pero no con el hambre, con las enfermedades y con la ignorancia”.

Después de la pandemia no se ve, al menos en principio, un horizonte post capitalista. Al contrario, todo augura más capitalismo, con una super potencia en declive disputando la hegemonía mundial con otras dos super potencias (con capitalismo de Estado y capitalismo mafioso una, Rusia, con socialismo de mercado la otra, China). Las guerras no han desaparecido de la historia, sino que siguen siendo una cruda realidad, y la posibilidad de un holocausto termonuclear está siempre abierta (la infame provocación de Estados Unidos y la OTAN ante la supuesta invasión rusa a Ucrania lo recordó). Ante este mundo y la llamada “nueva normalidad” que se avecina, con este “Gran Reinicio” que los capitales occidentales propician, la clase trabajadora mundial no puede sentir ninguna alegría. Si nuevas pandemias podrán venir, y la salud seguirá siendo un bien comercializable, el camino capitalista es un callejón sin salida. Por tanto, como gran tarea pendiente, estamos llamados a construir algo distinto, una alternativa a este modo de producción basado solo en el lucro, que prescinde tanto del ser humano –a quien transforma en esclavo asalariado, o lo desecha producto de la robotización– o se lleva por delante la naturaleza, olvidando que hay un solo planeta, que nuestra casa común no es una infinita cantera para explotar. Entonces: el sistema no está en fase de agonía, sino que se ha transformado en un “viejo mañoso”, aún con mucha energía.

¿Por qué “viejo mañoso”? Porque está dando renovadas muestras que “se las sabe todas”, y con aire mafioso no sólo sobrevive como sistema, sino que aún no se le ve final a la vista. Y peor aún: es evidente que para seguir sobreviviendo apela a cuanto juego sucio podamos imaginarnos, de lo más deleznable, bajo y ruin, pero siempre presentado como políticamente correcto. Incluso apela a estrategias realmente satánicas, como la posibilidad –absolutamente imposibles en términos reales– de impulsar guerras nucleares de baja intensidad, limitadas. Locura extrema, porque si se desatara una guerra nuclear, por pequeña que fuera, se abre la posibilidad del exterminio completo de la humanidad. Todo lo cual significa que el capitalismo no tiene salida, a no ser que pensemos en estrategias de ciencia-ficción, donde una pequeñísima élite huye del planeta Tierra, dejando aquí la destrucción, la desolación, un paisaje invivible. En ese sentido cobra total sentido lo dicho por Rosa Luxemburgo: “Socialismo o barbarie”.

Es un dato muy importante, y que en términos estratégicos de mediano plazo marca un escenario desconocido años atrás: el capitalismo de las que hasta hoy son las potencias, Estados Unidos y Europa Occidental, pero básicamente el primero, ya no está creciendo más, sino que se recicla. La potencia juvenil de los primeros burgueses de las ciudades medievales europeas, la potencia de los primeros cuáqueros llegando en el Mayflower a la tierra de promisión americana, todo eso ya no existe. En todo caso el nuevo modelo chino (esa experiencia compleja que es el llamado “socialismo de mercado”, economía mixta con acumulación capitalista y un Estado con proyecto socialista) está dando muestras de una vitalidad ya perdida en los puntos históricos de desarrollo. Aún es un misterio cómo se seguirá comportando este nuevo capitalismo (o socialismo de mercado) que impulsa la República Popular China, si seguirá los mismos pasos seguidos por las potencias tradicionales europeas (incluyendo a Japón en el Extremo Oriente), transformándose en un nuevo imperialismo guerrerista, tal como todos los crecimientos capitalistas considerables terminaron dando como resultado, o es una variante digna de ser observada con detenimiento. ¿Espejo donde pueda mirarse la gran masa de trabajadores y empobrecidos del mundo? Se abre la pregunta. Lo cierto es que en los países históricos del sistema (y en Estados Unidos más aún, líder de ese arrollador crecimiento de la empresa privada por más de un siglo), todo indicaría que se está estacado. La crisis bursátil que se viene arrastrando desde el 2008, que eclosionó a finales del 2019 –maquillándosela con la crisis ocasionada por el coronavirus– muestra los límites infranqueables del sistema. El capitalismo no ofrece salidas para la humanidad, pero no desapareciendo.

¿Qué significa esto? Que el capitalismo, como sistema desarrollado hasta niveles descomunales en cuanto a lo técnico, encontró un límite y se ha comenzado a dedicar cada vez más a sobrevivir, permítasenos decirlo así: en la holgazanería. La creatividad industrial, que por supuesto no ha muerto, se va trocando hacia formas de parasitismo social, fabulosas para los grandes poderes, pero inservibles para la población, y para el sistema mismo. La savia productiva se va viendo reemplazada por la especulación financiera, y entre los negocios más redituables van consolidándose los ligados a la destrucción: las armas, la guerra, el narcotráfico. En ese sentido, entonces, el capitalismo no está muerto, pero sí severamente enfermo, aunque pueda sobrevivir por mucho tiempo más aún.

La crisis financiera actual (verdadera causa de la debacle económica que vivimos, con la cual se imbrica la pandemia de Covid-19) viene a resaltar los límites absolutos del sistema: desde un esquema capitalista, que se basa sólo en la obtención de ganancia empresarial a cualquier costo y nada más, la inercia misma del sistema hace prescindible a la gente y lo único que interesa es la acumulación. Esta lógica se independiza y se mueve sola, casi con la lógica de una máquina automatizada. El sistema no puede reparar en la gente de carne y hueso; eso no importa, es prescindible, no cuenta al final del proceso. La acumulación capitalista llega a tal nivel de autonomización que lo más importante puede llegar a ser la muerte, si es que eso “da ganancia”. Tan es así que el actual modelo capitalista lo demuestra con creces: la guerra, la muerte, los negocios sucios como el trasiego de estupefacientes, son su energía vital, más aún en su principal potencia: Estados Unidos. Uno de los pocos negocios que creció durante la pandemia fue, justamente, la industria militar (junto a la banca, las farmacéuticas y los ligados a inteligencia artificial).

El capitalismo-socialismo chino, segunda economía a escala planetaria ya igualando a Estados Unidos y siempre en ascenso, aún en plena crisis financiera de los grandes centros capitalistas históricos, de momento no muestra estas abiertas características mafiosas. ¿Se deberá ello a una ética socialista que aún perduraría en el dominante Partido Comunista que sigue manejando los hilos políticos del país? En todo caso responde a momentos históricos: la revolución industrial de la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, China recién ahora la está pasando, al modo chino por supuesto, con sus peculiaridades tan propias (la sabiduría y la prudencia, ante todo: “Siéntate al lado del río a ver pasar el cadáver de tu enemigo”, dijo Sun Tzu dos milenios y medio atrás). Queda entonces el interrogante de hacia dónde se dirigirá ese proyecto. Pero lo que es descarnadamente evidente es que el capitalismo ya envejecido se mueve cada vez más como un capo mafioso, como un “viejo mañoso”, pleno de ardides y tretas sucias. Como dijimos: entre las actividades comerciales más dinámicas hoy día a nivel mundial se encuentran la producción de armas y el tráfico de drogas ilícitas. Y los dineros que todo eso genera alimentan las respetables bolsas de comercio que marcan el rumbo de la economía mundial al tiempo que se esconden en gangsteriles paraísos fiscales intocables. En ese sentido, la enfermedad estructural define al capitalismo actual.

Capitalismo = muerte

Si el negocio de la muerte se ha entronizado de esa manera, si lo que duplica fortunas inconmensurables a velocidad de nanotecnología es la constante en los circuitos financieros internacionales, si en una simple operación bursátil se fabrican cantidades astronómicas de dinero que no tienen luego un sustento material real, si el capitalismo en su fase de hiper desarrollo del siglo XXI se representa con paraísos fiscales donde lo único que cuenta son números en una cuenta de banco sin correspondencia con una producción tangible, si destruir países para posteriormente reconstruirlos está pasando a ser uno de los grandes negocios, si lo que más se encuentra a la vuelta de cada esquina son drogas ilegales como un nuevo producto de consumo masivo mercadeado con los mismos criterios y tecnologías con que se ofrece cualquier otra mercadería legal, todo esto demuestra que como sistema el capitalismo no tiene salida.

Por supuesto que al sistema eso no le molesta especialmente. “Si da dinero, eso es lo que cuenta”, es la macabra sentencia. Así nació, creció y se globalizó el sistema. Así arrasó buena parte de la naturaleza y diezmó culturas ancestrales, arrollando a su paso todo lo que le significaba un obstáculo en su desenfrenada carrera por acumular. Pero hoy se ha entrado en una nueva fase donde al sistema ya no le interesa sólo la producción de bienes y servicios útiles para sus consumidores, pues lo único que lo mueve es la continuación de esa acumulación. Como el capitalismo tiene un tope en tanto sistema en la producción de esos bienes, para seguir manteniéndose debe generar nuevos espacios donde desarrollarse, donde seguir reproduciéndose. Es así que va perfilándose este capitalismo de corte mafioso, este “viejo mañoso” interesado en promover nuevos campos de consumo como las guerras y el uso masivo de drogas ilegales.

Esto no es un simple hecho anecdótico, una transgresión, una travesura. La producción de guerras y la distribución planetaria de drogas ilícitas pasaron a ser parte de una estrategia de sobrevivencia del sistema, tanto porque genera las mayores cantidades de dinero que alimentan la economía global como por los mecanismos de control político-social y cultural que permiten. Esta nueva fase mafiosa que empieza a atravesar el sistema, que ya viene perfilándose desde las últimas décadas del siglo pasado, es la tónica dominante. China, con un “capitalismo-socialismo” joven aún, no requiere de estos mecanismos. Los grandes bancos europeos, y más aún, los estadounidenses, ya han comenzado a hacer de ellos los engranajes que mantienen vivo el sistema.

El capitalismo no está en crisis terminal. Convive estructuralmente con crisis de superproducción, desde siempre, y hasta ahora ha podido sortearlas todas. Estos nuevos negocios de la muerte son una buena salida para darle más aire fresco. Lo trágico, lo terriblemente patético es que el sistema cada vez más se independiza de la gente y cobra vida propia, terminando por premiar el que “las cuentas cierren”, sin importar para ello la vida de millones y millones de “prescindibles”, de “población sobrante”, población “no viable”. Ello es lo que autoriza, una vez más, a ver en el capitalismo el principal problema para la humanidad. Esto es definitorio: si un sistema puede llegar a eliminar gente porque “no son negocio”, porque consumen demasiados recursos naturales (comida y agua dulce, por ejemplo) y no así bienes industriales (es lo que sucede con toda la población del Sur), si es concebible que se haya inventado el virus de inmunodeficiencia humana –tal como se ha denunciado insistentemente– como un modo de “limpiar” el continente africano para dejar el campo expedito a las grandes compañías que necesitan los recursos naturales allí existentes, si un sistema puede necesitar siempre una cantidad de guerras y de consumidores cautivos de tóxicos innecesarios, ello no hace sino reforzar la lucha contra ese sistema mismo, por injusto, inhumano, inservible, por atroz, por sanguinario.

El “viejo mañoso” en que se ha transformado el capitalismo, en definitiva, no es sino la expresión actualizada de algo que desde hace 200 años sabemos que no tiene salida. Que se salven algunos grupos elitescos en presumibles instalaciones fuera de este planeta (la ciencia ficción ya no nos sorprende) no significa salida alguna. Si la salida para el capitalismo son guerras, consumidores pasivos de drogas y población “light” despolitizada, eso no es sino la más elemental justificación para seguir peleando denodadamente por cambiarlo. Este “viejo mañoso” no es sino la patética expresión de la barbarie, la negación de la civilización, la inmundicia más radical. ¿Cómo es posible haber llegado a esta locura en la que vale más la propiedad privada sobre un bien material que una vida humana? ¿Cómo es posible que para mantener esto se apele a la muerte programada, fría y calculada? Eso es la barbarie, y eso nos tiene que seguir convocando a su transformación.

Experiencias socialistas

Sin dudas, ya ha habido algunas experiencias de transformación del sistema. Más allá de la monstruosa, continua, artera prédica capitalista que intenta mostrar el “fracaso” del socialismo, en todos los países donde triunfó una revolución popular hubo un notorio mejoramiento de las condiciones generales de vida de la población. Solo para poner un ejemplo (sin querer abundar al respecto): Cuba socialista, más allá del inmisericorde y despiadado bloqueo que viene sufriendo desde hace seis décadas, presenta hoy los mejores índices socio-económicos de toda la Latinoamérica, y es el único país del llamado Tercer Mundo que pudo producir una vacuna contra el coronavirus. Aunque no hay centros comerciales repletos de mercaderías, nadie, absolutamente nadie pasa hambre allí, mientras el hambre sigue siendo uno de los principales flagelos de los países empobrecidos del Sur global, en la bochornosa circunstancia en que… ¡sobra comida! –un 40% más de la necesaria para nutrir bien a toda la humanidad–.

La derecha no se cansa de decir que la población cubana “huye” de la dictadura “castro-comunista” (11 personas diarias en promedio, con 12 millones de habitantes), mientras que de Latinoamérica la gente “migra” (250 por día en Guatemala, con 16 millones). Parece que los datos no cuadran. La prédica incansable del sistema pone el acento en el fracaso cubano, y no en los millones de “migrantes irregulares” que huyen de Latinoamérica hacia Estados Unidos (o del África hacia Europa Occidental). ¿Fracasaron todas las tentativas socialistas habidas? La derecha, en cualquiera de sus expresiones, grita jubilosa que sí. “El Socialismo solo funciona en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en el Infierno donde ya lo tienen”, pudo decir una activista antichavista en Venezuela. El discurso ideológico lo inunda todo, dando por supuesto –así es la ideología: da por supuesto, no analiza– qué son el fracaso y el triunfo en términos sociales. La vara con que se miden ambos elementos la pone la cosmovisión capitalista. Allí priman ciertos y determinados valores, todos centrados en uno fundamental: la sacrosanta propiedad privada.

En ese orden, la libertad aparece como elemento principal. Pero ¿qué es la tan manoseada “libertad”? Según dijo alguien mordazmente, en medio de interminables elucubraciones filosóficas, la libertad no es sino una estatua de elaboración francesa ubicada en la entrada del puerto de Nueva York. En su nombre se erige la propiedad privada. Capitalismo, libertades individuales y propiedad privada van todas de la mano.

El sistema capitalista se levanta, supuestamente, sobre la entronización de la libertad. Lo cual es un eufemismo por decir: apología total y absoluta de la propiedad privada (habría que agregar: de los medios de producción). De ese modo todos somos libres de volvernos millonarios…. si trabajamos duro. La falacia está montada, y los aparatos ideológico-culturales se encargan de transformarla en el credo dominante. “La ideología dominante es siempre la ideología de la clase dominante”, advertían ya hace siglo y medio Marx y Engels. La formulación sigue siendo completamente vigente hoy. De esa cuenta, el capitalismo sería por excelencia el reino de las libertades. Ahí estaría el secreto para “amasar fortunas”. El socialismo, por el contrario, campo absoluto de la conculcación de esas libertades, no permite “crecer”.

Se escamotea de ese modo el núcleo real, determinante, básico del capitalismo: la explotación del trabajo asalariado. No hay otra forma de “amasar” fortunas. El ahorro meticuloso y el supuesto trabajo duro no genera capital para quien trabaja. La acumulación de capital se da siempre –verdad que se oculta, pero es el verdadero núcleo– por despojo, por desposesión. Despojo, se entiende, de los medios de producción para una inmensa mayoría, o de los territorios donde asientan materias primas básicas, tal como se está viendo recientemente con la invasión imperialista con el actual capitalismo extractivista (petrolero, megaminería, agronegocios, robo de biodiversidad). Si no hay explotación de una clase sobre otra, no se acumula. Punto. Eso es lo que ha venido ocurriendo desde hace diez milenios con las sociedades de clases. No importa quién es ese propietario explotador; eso hasta puede ser anecdótico, secundario: varón, mujer, blanco, negro, indígena, heterosexual, homosexual, creyente, ateo. Lo importante a destacar es que hay propietarios y desposeídos: hay explotación del trabajador/a, único productor/a de riqueza. Ahí estriba el conflicto principal.

Ahora bien: el socialismo promulga otros valores. El trabajo en las primeras experiencias socialistas se concibió distintamente, lo cual abre un debate sobre cómo construir alternativas válidas al modo de producción capitalista. ¿Es cierto que el ojo del amo engorda el ganado? ¿Qué significa eso? Allí se encuentra un nudo toral para la edificación de una nueva sociedad: China, socialista desde 1949, sin renunciar a un ideario comunista, apeló a mecanismos de mercado para convertirse hoy en una superpotencia económica. ¿Significa eso que fracasó la economía planificada del maoísmo?

¿Fracasaron los países socialistas entonces? Insistamos: depende del criterio con el que se lo aborde. Sin dudas, en esos países no hay shopping centers repletos de mercaderías, no hay hiperconsumo de artículos fabricados con obsolescencia programada y la población no se mide por el vehículo o el reloj que posee, por la ropa de marca que viste o por el tope de su tarjeta de crédito. Ahora bien: como el capitalismo se basa en la explotación, hace lo imposible para que los explotados no reaccionen. ¡Eso es la lucha de clases! Y en esa lucha, lo ideológico cobra un papel preponderante. De ahí que los pocos espacios socialistas existentes son mostrados por la derecha como “fracasos” estrepitosos.

El capitalismo no deja pasar absolutamente nada que pueda servirle para destrozar a la clase trabajadora y sus alternativas liberadoras, es decir: las experiencias socialistas, o cualquier acto emancipador (por ejemplo: una fábrica recuperada con control obrero). Por eso ahora a los trabajadores de les llama “colaboradores”. Por eso también, este continuo bombardeo mediático contra toda propuesta emancipadora que toque el corazón del sistema. En esa lógica, cualquier experiencia socialista es siempre la demostración palmaria de todos los “males”, y los errores existentes –absolutamente reales, como en todas las sociedades– se magnifica a grados superlativos.

Con un anticomunismo visceral, generado durante la Guerra Fría y persistente hoy día, con una manipulación mediática descomunal que sigue haciendo de los países socialistas el blanco a atacar despiadadamente, con poblaciones “preparadas” para la repetición acrítica de noticias, todo lo que se dice hoy sobre el socialismo busca básicamente denigrarlo, mostrarlo como imposible..

Revisando errores

En las primeras experiencias socialistas hubo errores, cosas que no deberían haber pasado. ¡Pero pasaron! ¿Por qué? Porque esperar paraísos es un camino sin salida, que no lleva a ningún lado. Una sociedad post capitalista intenta sentar bases para algo distinto a lo conocido, pero no para un paraíso. De todos modos, los primeros balbuceos (eso han sido Rusia, China, Cuba), no invalidan la necesidad de superar el capitalismo, más allá de todos los elementos criticables que se dieron: burocracia, autoritarismo, persistente machismo, racismo, culto a la personalidad de los líderes, elementos todos que se vienen arrastrando milenariamente. No obstante, como dijo Frei Betto: “El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana”.

Como dijo Rolando Pérez Villavicencio: “El socialismo podrá ser una bazofia repugnante quizá, con castas burocráticas, autoritarismo y verticalismo… pero es menos bazofia que el capitalismo, donde es normal que haya ricos que pueden todo y pobres que apenas sobreviven. No debe olvidarse que, como dijo Freud, hay un malestar en la cultura intrínseco a lo humano que, todo lo indica, nunca puede desaparecer. Pero recordemos también que en el socialismo, aunque los bloqueos y las agresiones lo dificulten grandemente, la gente come. En el capitalismo no todos comen”. Ese discurso dominante de la derecha presenta al socialismo como dictadura, entronizando una supuesta y metafísica libertad individual. Pero allí lo que hay es una entronización del individualismo más extremo, un “sálvese usted al precio que sea”. El socialismo, aún con todas sus posibles lacras, promueve la solidaridad.

¿Se puede pensar en un mundo no-capitalista en la actualidad? ¿Siguen siendo válidos los sueños de una “patria de la humanidad” sin injusticias sociales? Eso era –o sigue siendo– el ideario comunista que recorrió todo el siglo XX. Hoy día hablar de comunismo no está muy “de moda”; es más, a cualquiera que se precie de defenderlo, el discurso dominante con mucha facilidad puede tildarlo de anacrónico, desfasado, dinosaurio de tiempos idos. Quizá, jugando con los versos de Rafael de León, podría decírsele: ¿comunismo? “¡Pamplinas! ¡Figuraciones que se inventan los chavales! Después la vida se impone: tanto tienes, tanto vales”.

Hoy, a varias décadas de la caída del muro de Berlín, con una Unión Soviética desaparecida y transformada en un país capitalista ganado por mafias rapaces, con una República Popular China que ha tomado caminos que abren interrogantes sobre lo que significa socialismo, con una Cuba que se va abriendo cada vez más a la inversión capitalista, con una Revolución Bolivariana en Venezuela que nunca terminó de definir qué es el nuevo socialismo del siglo XXI, con “progresismos” en el marco de las democracias representativas burguesas que parecieran ser la expresión máxima del avance político pero que no pasan de “capitalismos con rostro humano” y con un talante planetario donde decirse de izquierda conlleva una carga casi despectiva, vale la pena –más bien: es imprescindible– plantearse la pregunta: ¿qué significa en la actualidad ser comunista? ¿Dónde quedaron las ideas de cambio revolucionario que nos movían años atrás? ¿Acaso desaparecieron?

¿Por qué es tan difícil pensar en una revolución socialista hoy?

Hacer una revolución político-social, económica e ideológico-cultural que cambie de raíz una sociedad –para el caso: el capitalismo– no es fácil. Por el contrario, es una tarea titánica, monumental. ¿Por qué? Porque un verdadero cambio en el curso de la historia humana choca contra una fabulosa inercia que se resiste a cambiar. Si hablamos de inercia –concepto que viene de la Física– sabemos que estamos ante una fuerza enorme, una “resistencia” –concepto medular– que oponen los cuerpos al cambio, ya sea en su estado de reposo o de movimiento.

Eso es un principio general que aplica para todo el universo. En lo social, en lo humano, no es distinto: un estado dado se resiste ferozmente a cambiar. Cualquier cambio cuesta. Cambiar el curso de la historia, cambiar las relaciones de poder en lo humano, cuesta infinita, colosal, gigantescamente. Si es tremendamente difícil cambiar algo en términos personales –piénsese en lo que, en psicoanálisis, se llama resistencia, es decir, la enorme oposición (inconsciente) a modificar comportamientos inveterados que nos constituyen como subjetividad– ya no se diga en términos macro, de todo un colectivo, de una sociedad.

Al hablar de estos “cambios” nos referimos a una transformación radical, básica, una modificación medular. Cambios cosméticos hay muchos, siempre. De hecho, las situaciones dadas, lo que se llama el statu quo (el orden imperante, lo considerado normal) sabe reconfigurarse y cambiar algo superficial para que no cambie nada en lo estructural. Gatopardismo: socialdemocracia, capitalismo con rostro humano, capitalismo “serio”, por ejemplo. En definitiva: pequeñas válvulas de escape que descompriman un poco la tensión. Ahora bien: un cambio revolucionario, una transformación de base es otra cosa. Eso sí se resiste. Se resiste de un modo gigantesco. ¿Por qué? Porque quien detenta una cuota de poder, con todos los beneficios que ello trae aparejado, no está dispuesto en lo más mínimo a renunciar a sus prebendas.

En términos histórico-sociales, las cosas, para cambiar, necesitan un empujón. Solas no cambian. Ese “empujón” está dado por la necesaria combinación de grandes movilizaciones humanas, de explosiones populares masivas, más ideas transformadoras que vertebren la acción transformadora. Un cambio genuino no lo puede hacer una persona en solitario. “Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, decía Ernesto Guevara. Si se esperan cambios de mesías, no pasamos del más rancio culto a la personalidad. Por otro lado, las masas solas, en su explosión espontánea, no consiguen doblar el curso de la historia (es lo que pudo verse con los movimientos de protesta del 2019 que recorrieron buena parte del mundo, las masivas movilizaciones en varios países latinoamericanos, las reacciones antirracistas de Estados Unidos, los chalecos amarillos en Francia, las grandes protestas populares en Medio Oriente). Sin dudas hoy, en un mundo de pesimismo donde el discurso de derecha dominante parece haber ido borrando toda posibilidad de cambio, donde hablar de socialismo parece un acto sacrílego de adoración de extintos dinosaurios, esas movilizaciones son una bocanada de aire fresco. Indican que las poblaciones ya no resisten más los perversos planes neoliberales que viene imponiéndose en estas últimas décadas. Sin dudas, marcan un camino. Pero eso solo no alcanza.

Llegar a una revolución socialista implica un complejo escenario. En la historia del siglo XX solo en muy pocos lugares tuvo lugar, escenarios donde se conjugaron distintos elementos que posibilitaron el proceso. Luego de interminables luchas populares –que, sin dudas, fueron abriendo camino: abolición de la esclavitud, las ocho horas de trabajo, conquistas sindicales, voto femenino, autonomía universitaria, etc. – solo tuvieron éxito unas pocas revoluciones: las ya mencionadas en Rusia, China, Cuba, Vietnam, Corea, Nicaragua. Otras muchas, o procesos que parecían desembocar en proyectos socialistas: Alemania en 1918, España con su Guerra Civil, México y su Revolución campesina de 1910, Chile y su vía democrática al socialismo, Granada y su liberación con Maurice Bishop a la cabeza, Venezuela y su Revolución Bolivariana, Afganistán y la Revolución Saur, los socialismos árabes, los socialismos africanos post liberación nacional, fueron derrotadas antes que se consolidaran, trastocadas en su ideario, debilitadas, aguadadas.

La pregunta es entonces: ¿por qué cuesta tanto llegar a una revolución socialista triunfante y hacer que luego se mantenga? La respuesta a esta pregunta es sumamente compleja. En este breve opúsculo solo se presenta una introducción a la discusión, invitando a su profundización. Pero no se puede menos de indicar dos causas: 1) la respuesta conservadora del statu quo ante cualquier intento de cambio, y 2) las dificultades intrínsecas de la izquierda. Esto debería abrir el posterior debate sobre el porqué de la dificultad de la construcción de los socialismos en el caso que se haya podido tomar el poder, además de entender las razones externas que los obstruyen (agresiones, guerras contrarrevolucionarias, bloqueos, todo tipo de obstáculo puesto por el mundo capitalista). En otros términos: ¿por qué es relativamente fácil recaer?

De la primera causa, no hay mucho en particular que agregar. Se decía más arriba: los verdaderos cambios profundos en la historia social de los pueblos son complicadísimos, porque lo viejo se resiste a cambiar. Y se resiste a muerte. Solo a través de una poderosa fuerza que, literalmente, destruye lo establecido, se puede establecer lo nuevo. La actual sociedad capitalista, la sociedad burguesa, gestada económicamente desde el Renacimiento, pero instalada políticamente en Europa tomando su mayoría de edad recién en el siglo XVIII –luego esparcida por todo el orbe– accedió al poder con un acto violento, sangriento, no dejando ningún lugar a dudas que ahora mandaba sobre la aristocracia feudal del medioevo. Necesitó cortarle la cabeza a la nobleza francesa para constituirse en dominadora. “Que una sangre impura empape nuestros surcos”, reza la Marsellesa, el himno por antonomasia del nuevo mundo burgués. Luego de acceder al poder cortando cabezas, esa nueva clase se hizo conservadora.

El poder es siempre, forzosamente, conservador. Se resiste mortalmente a cambiar. El poder no se comparte: se ejerce brutal, despiadadamente. (Eso abre un interrogante sobre la construcción de nuevas formas de poder popular, democrático, horizontal –¿dictadura del proletariado? –, temática que excede los límites de este textito). El poder, en cualquiera de sus formas (el económico, el patriarcado, el racismo, el adultocentrismo) no se cede gentilmente. Para que se dé un cambio en las correlaciones de fuerza, hay que arrebatarlo. La historia humana se escribe con sangre. Las clases dominantes (la burguesía dueña de los medios de producción), tanto a nivel nacional como en términos de oligarquía global, cierra filas ante el “peligro comunista” y responde monolíticamente. Por tanto, el poder no se cede; se arrebata. Eso es la revolución.

Divisiones en la izquierda y los eternos “vicios”

Se dice que la izquierda está siempre dividida. Es cierto. Sucede lo mismo que pasa en ese campo amplio de lo que podría llamarse la derecha. Ahí también hay diferencias, fragmentaciones, luchas. Tan así, que se llega a guerras mundiales devastadoras: ¿qué son las guerras entre Estados sino luchas en torno al poder?, luchas inter-capitalistas, con el agregado que es el pobrerío quien pone el cuerpo, mientras las clases dominantes se disputan el botín. Y el amo ganador usufructúa esa posición. ¿Por qué, entonces, habría de cederla amablemente? En esa lógica, ¿por qué un macho dominante se equipararía con una mujer a la que considera “inferior”? O ¿por qué un blanco supremacista cedería sus beneficios ante un negro a quien esclaviza y desprecia?

Los dominadores están dispuestos a todo para no perder sus privilegios: matar, torturar, desaparecer, mentir, tergiversar. La historia la escriben los ganadores, por lo que la verdadera historia nunca es la oficial. Se cuenta lo que el relato de la clase dominante, el amo ganador, quiere/permite contar; esa es la narrativa ingenua para los actos escolares, para los discursos oficiales, para los medios de comunicación del sistema. No se dice nada de las montañas de cadáveres y ríos de sangre con que la clase dominante impide el cambio y se mantiene gozando las mieles de su poderío.

De esa forma puede concluirse que cuesta tanto, pero tanto, increíblemente tanto llegar a una revolución triunfante porque las fuerzas conservadoras (la derecha) intentan impedirlo por todos los medios. Solo, por evolución espontánea, el sistema capitalista no puede extinguirse. “El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer”, dijo certeramente el conductor de la Revolución Rusa, Vladimir Lenin. Reafirmando eso, Ernesto Guevara años después agregó: “La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida. La tienes que hacer caer”. Insistamos con la idea: se deben combinar masas envalentonadas que anhelan el cambio y están dispuestas a todo, y una fuerza política en condiciones de dirigir esa energía (llamémosle “izquierda”). Si no se da eso, no puede haber cambio genuino. Ya vemos donde anida la dificultad. Aquí tenemos la primera dificultad: cárceles clandestinas, cámaras de tortura, infiltración en los movimientos sociales, cooptación de los sindicatos, desarticulación de toda protesta social, lucha ideológico-cultural por todos los medios, destrucción y ataque sistemático a cualquier intento alternativo, hiper controles con las nuevas tecnologías cibernéticas, armas de destrucción masiva si es necesario. El camino de la transformación es sumamente complejo.

Pero hay un segundo motivo. Asumiendo que la movilización de las masas necesita siempre una conducción, ese grupo que dirige (lo que llamamos “izquierda”, en su más amplio espectro) está constituido por seres humanos que no nacieron con una carga genética izquierdosa. Nadie nace “revolucionario”. La actitud crítica se adquiere (se adquiere a veces: todo está preparado para que no sea lo más común, para que se continúe acríticamente con lo ya establecido). Ahí, en esa forma de ser constitutiva, radica el segundo gran problema: la gente de izquierda es, ante todo, gente. Y por tanto sus “vicios” son los mismos de cualquiera. Es decir: un militante que adscribe a posiciones revolucionarias (lo cual hará recién en la adolescencia, no antes) tiene tras de sí una historia que lo hace ser un sujeto similar a sus congéneres, por tanto: racista, individualista, machista, adultocéntrico. Todos esos “vicios” (¿habrá que seguir usando esa infame terminología?, realmente ¿son vicios?) no desaparecen por un simple acto voluntario, por un decreto. Es más: no desaparecen ni pueden desaparecer. De ahí que se precisa siempre una actitud autocrítica para “mantenerlos a raya”. Tengámoslo claro: “mantenerlos a raya”, pero no desaparecerlos.

Ahí estriba el límite: es sumamente difícil –o imposible– despojarse de lo que se es. La sustancia de la que estamos hechos los seres actuales no puede ser de otro modo, porque no hay ninguna voluntad posible que nos despoje de nuestra historia. Nuestra matriz constitutiva es la misma para todo el mundo: izquierda y derecha. Posteriormente existe la posibilidad de desarrollar una actitud crítica. Pero no se puede obviar que, para hacer la revolución, se cuenta con ese material: con revolucionarios que llevan en su ADN social todo eso que se intenta cuestionar. Las masas que se movilizan y buscan superar el actual e injusto estado de cosas, también son partícipes de esa misma sustancia. La noción de propiedad privada, de sujeto individual dueño de su historia, de completud gozosa que transmite la sensación de poder (de cualquier poder: el varón sobre la mujer, el viejo sabelotodo sobre el joven inexperto, el citadino sobre el campesino, el blanco sobre el negro, etc.), todo eso ahí está, en nuestra humana construcción. Si podremos construir otro sujeto distinto alguna vez, está por verse. Es el desafío del socialismo.

“Crítica implacable de todo lo existente”

Así pedía Marx la actitud para intentar transformar algo. Recordemos sus palabras de 1850: “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva…. Nuestro grito de guerra ha de ser siempre: ¡La revolución permanente!”. Por tanto, si bien todos somos herederos de una cultura que nos constituye con sinnúmero de elementos cuestionables, eso no implica que todo esos mal llamados “vicios” no se puedan cuestionar. En la izquierda, con una terminología que habría que revisar, se habla de “desviaciones”. Ello presupondría una “camino recto” (¿ortodoxo?) y eventuales “descarríos” que deberían corregirse. El examen autocrítico sería la clave, pero no debe dejarse de considerar que una dificultad agregada al conservadurismo de la derecha, de lo que se resiste a cambiar, es también esta carga “conservadora” que nos constituye a todas y todos por igual. Los discursos moralizantes –¡lo que se debe ser! – no funcionan. Eso es religión, el sermón de la iglesia. Pero recordemos, a propósito, como dijo el teólogo Giordano Bruno –cosa que le valió la hoguera– que “Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”. La revolución no necesita dogmas, necesita esa continua “crítica implacable de todo lo existente”.

Se dice, a veces con malicia, pero sin con ello faltar a la verdad, que en el difuso y complejo campo de las izquierdas, la gente se la pasa discutiendo banalidades bizantinas, que muchas veces esas discusiones alejan la posibilidad real de un proceso revolucionario, o incluso lo traban, o lo impiden (existen numerosos ejemplos al respecto). “La izquierda vive desuniéndose y fragmentándose”, se repite. No más que la derecha (sus peleas y fragmentaciones, por ejemplo, terminaron en la Segunda Guerra Mundial, con 60 millones de muertos). Aunque para seres nacidos y criados en esta subjetividad actual que nos constituye, hoy día absolutamente globalizada (salvo unos pocos grupos humanos pre-agrarios que sobreviven en la profundidad de algunas selvas tropicales), la idea de propiedad privada, autoridad vertical y ejercicio del poder –más todo lo que se deriva de ello: los mal llamados “vicios” – marca a fuego las vidas de la población planetaria. Esos contenidos no son, como algunas veces se dice en el campo de las izquierdas, “formas de pensar del enemigo de clase”; son, por el contrario, las formas en que todo el mundo se ha criado. La cuestión –enorme problema sin dudas– es cómo desembarazarse de esa carga.

Las relaciones entre los seres humanos no siempre son precisamente armónicas; la concordia y la solidaridad son una posibilidad, tanto como la lucha, el conflicto, la competencia. La dieciochesca pretensión iluminista-burguesa de igualdad y fraternidad no es sino eso: aspiración, sin considerar las reales relaciones de poder. La realidad humana está marcada, ante todo, por el conflicto. Nos amamos y somos solidarios… a veces; pero también nos odiamos y chocamos. ¿Por qué la guerra, si no fuera así? ¿Por qué cuando hubo excedente social, diez mil años atrás con la aparición de la agricultura, las sociedades tomaron el rumbo que tomaron? ¿Por qué cada dos minutos muere en el mundo una persona por un disparo de arma de fuego? Por supuesto hoy, con el ideario comunista, existe la esperanza de construir una nueva matriz social que dé como resultado un nuevo sujeto, quizá no tan lleno de “vicios”. “Productores libres asociados” donde rija la máxima de “De cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”, como escribiera Marx.

Poner el amor como insignia máxima de las relaciones humanas no deja de tener algo de quimérico (¿inocente quizá?): ¿acaso estamos obligados, o más aún, acaso es posible amarnos todos por igual, poner la otra mejilla luego de abofeteada la primera? Nadie está “obligado” a amar al prójimo; pero sí, en todo caso –eso es la obra civilizatoria– a respetarlo. Se ve entonces que la idea de “mejorar” moralmente cuesta mucho. ¡Cuesta horrores! Pero sí se puede construir una sociedad nueva. El tiempo dirá si eso nos libera de las ataduras actuales.

Con esa sustancia humana, con eso que somos en cada caso concreto (Lenin, Guevara, la persona que lee esto ahora, mi vecino, etc., todo el mundo), con ese espécimen –sin dudas también con contenidos machistas, racistas, llenos de mentiras, conservador en su fuero íntimo– fue posible llegar a cambios en la historia. ¡Fue posible!, no olvidarlo (aunque la Unión Soviética terminó desintegrándose, limitarse a decir que fracasó es demasiado sencillo, un análisis muy pobre. Marcó un camino, y ese camino sigue abierto). Pese a todas esas cargas, a esos impresentables “vicios”, se pudo empezar a construir una sociedad nueva. Acaso las izquierdas, en alguno de los lugares donde condujo esas transformaciones, la gente que con ideas de izquierda pudo viabilizar esos cambios, ¿no era también machista, racista, autoritaria, vertical, homofóbica a veces, etc., etc.? La esperanza es que en esa sociedad nueva que se empieza a construir, esas “desviaciones” (¿o formas de ser, mejor llamadas?) se comenzarán a deconstruir. Ahí está el desafío.

Se dice también a veces, desde el mismo campo de la izquierda, o a partir de militantes de izquierda decepcionados de los manejos políticos conducentes (¡o inconducentes!) hacia revoluciones, que “la izquierda está perdida”, “no tiene proyecto”, “no sabe qué hacer”. Anida allí, igualmente, uno de esos “vicios” que deben ser puestos en cuestión: un velado ejercicio de poder, de autoritarismo. Quien lo dice, no falto de una dosis de soberbia y altanería, ¿sabrá entonces cuáles son los caminos? Si los sabe, ¿por qué no los revela? Como se ve, esta matriz constitutiva, este ADN social –como se dijo más arriba– no deja de estar presente en cada militante de la izquierda. Con esa “viciosa” y “desviada” carga que nos hace ser lo que somos, es que hay que acometer esa monumental obra de hacer parir una nueva sociedad. ¡Tarea dificilísima!

Pero… ¡buena noticia!: no es imposible llegar a la revolución socialista (ya existen varios ejemplos a lo largo del planeta, con evidentes resultados positivos). Si vemos que cuesta horrores, es porque 1) básicamente la derecha no lo permite haciendo lo imposible por evitarlo, y además, porque 2) en la izquierda es más fácil terminar discutiendo “quién es más revolucionario” que dedicarse a actuar revolucionariamente. Pero la historia nos sigue enseñando que, pese a esas dificultades, el socialismo es necesario. Si no, como dijera Rosa Luxemburgo: “la barbarie”.

Marcelo Colussi