ESTADOS UNIDOS: RÉCORD MUNDIALEN BOMBARDEAR OTROS PAÍSES (💀)

En el inicio del siglo XXI, Estados Unidos enfrenta una renovación de las tensiones entre las demandas mundiales y las domésticas, que vigoriza la paradoja de larga data de las desarmonías entre ambas. Los asuntos externos pesaron poco en los comicios presidenciales de la última década, como era de esperarse toda vez que, sin dejar de intervenir en varios conflictos mundiales de esos años, jugó en ellos papel decisivo. Pero es un hecho que, si bien en las elecciones presidenciales se escoge al candidato más confiable o más competente para atender los asuntos internos, también cuenta su capacidad para negociar en foros internacionales y para actuar como líder mundial. Pero ¿para quiénes cuenta? ¿Qué conciencia tiene el ciudadano de esta doble elección? ¿Es acaso deber del votante atender esa demanda dual?

Para el norteamericano promedio lo interno es prioritario, aunque ello suponga desabrigar compromisos mundiales. Es aceptado que la política exterior no gana votos, lo que no es extraño en un país que vive muy metido en sí mismo, donde menos de la mitad de su gente tiene pasaporte y pueden comer, vestirse, transportarse, educarse y divertirse sin recurrir al mundo externo. Además, como ocurre en otros países, lo nacional viene antes que los intereses del resto del mundo, es decir, para ellos prevalece su economía y, por ello es importante derrotar cualquier intento de países que no se sometan a lo que ellos definen como ‘defensa de la democracia mundial’.

Sin embargo, aunque otras naciones no enfrentan la disyuntiva entre complacer a su nación y atender las presiones mundiales, para Estados Unidos resolver esa tensión es asunto de particular incumbencia en razón de su inigualado poder mundial. Pero la oposición entre ejercicio democrático y vocación imperial es el dilema nunca resuelto de su política exterior. Precisamente, argumentamos aquí que en esa tensión se encuentran las claves que permiten explicar sus inconsistencias.

El desafío de Estados Unidos a lo largo del siglo XX fue cómo hacer aceptable al mundo lo que convenía a sus intereses unilaterales. En las dos guerras mundiales y durante la bipolaridad se forjaron alianzas que obligaban a cierta conciliación entre los intereses domésticos y la política exterior, lo que no evitó descalabros como el de Vietnam. Pero al derrumbarse el bloque comunista y desaparecer el enemigo común de los aliados tradicionales, la agenda interior se presurizó.

La Guerra Fría dejó una herencia colateral que potenció otros desafíos –el terrorismo, problemas que reclamaban una nueva lógica de compleja definición. El nuevo siglo se inició con una aparente renovación de la vieja tendencia a dar la espalda al mundo, replanteando con particular fuerza dramática la tensión con el mundo externo.

Al pasar revista a un siglo de la política exterior de Estados Unidos es posible distinguir tres rasgos que definen su naturaleza esencialmente pragmática (económica, política y militar): 1. La insoluble tensión entre la exigencia de satisfacer las demandas de los actores internos y las creadas por sus intereses y compromisos en el mundo exterior. 2. La correlación entre la expansión de sus intereses como potencia mundial y los imperativos de la agenda exterior, tal que su intervención en los asuntos mundiales es condición de su supervivencia como gran potencia. 3. La tendencia al unilateralismo o la concepción de la política exterior como parte de la órbita de sus intereses domésticos.

Comprobamos cómo, entre el oportunismo de principios del siglo XX, la estrategia de alianzas dominante hasta los noventa y el liderazgo indisputado de fines del siglo, los asuntos externos fueron casi siempre entendidos como prolongación de los intereses creados por la dinámica de las relaciones internas. Pero las frecuentes desarmonías entre ambas agendas son el espejo del rechazo que el mundo tiene de esa visión. Hasta la caída del bloque socialista, la política exterior de Estados Unidos se basó en la noción del carácter modélico de sus valores, su sociedad y su economía que la harían aceptable al resto del mundo.

En esto se fundamentan para su el despliegue bélico y la respuesta militar indiscriminada contra amenazas potenciales o reales como el tan criticado lenguaje presidencial que habla de cruzadas contra el enemigo y de la lucha contra el mal, ideas tradicionales que desde los tiempos coloniales simbolizan la representación que los norteamericanos tienen de sí mismos, defensores de las causas justas contra las miserias y los males del mundo exterior. Pero es una respuesta cargada de un arraigado unilateralismo que acentúa las contradicciones con sus aliados y provoca fuertes resistencias. Esto se suma a la insistencia de Estados Unidos en llevar adelante el proyecto de escudo antimisiles, a la no ratificación del estatuto de la Corte Penal Internacional y a la negativa a suscribir el Protocolo de Kioto, de interés para los ambientalistas. Todas son manifestaciones de un endurecimiento unidireccional que socava la solidaridad internacional y han hecho de Estados Unidos el gran gendarme internacional, con derechos a bombardear naciones, que se opongan a su visión del mundo y su modo de operar.