Un títere vertiginoso mentado Iván Duque

Clodovaldo Hernández

Hagamos un ejercicio libre de imaginación: “El Matarife” debía elegir al candidato presidencial que lo representara en las elecciones de 2018. Venía de una mala experiencia, pues su carnal Santos se le volvió “pacifista”, algo horrible para un matarife.

Entonces concluyó que no podía correr el riesgo de ser nuevamente traicionado, así que escogió al precandidato más manejable, más obsecuente, el que tenía menos personalidad, no importa si exageraba un poco en esas “cualidades” y llegaba a parecer idiota. ¿Resultado? Iván Duque llegó al palacio de Nariño.

Tres años después, al menos para el balance del capo mayor, la experiencia ha sido positiva, en el sentido de que el elegido no ha hecho lo que se llama nada que el verdadero jefe no haya ordenado o aprobado. Lo malo es que esta operación de mando por persona interpuesta, sumada a lo extremadamente gris del designado, ha consumido casi todo el capital político del uribismo.

El objetivo estratégico de destruir la paz (tal como se oye, estilo supervillanos) ha sido cumplido de sobra. No solo naufragaron –tal vez para siempre– los acuerdos con la guerrilla, sino que también se incendió una parte del país que nada tenía ni tiene que ver con la insurgencia armada. Pero el costo político luce alto: el uribismo ha entrado en barrena a un año de otra medición presidencial.

Duque, pese al enorme y sostenido esfuerzo de la prensa colombiana y global por presentarlo como un tecnócrata exitoso, ha llegado a niveles alarmantes de impopularidad, especialmente desde que ordenó, o mejor dicho, desde que cumplió la orden de sofocar a sangre y fuego la protesta de la gente que se sumó al paro iniciado en abril.

Y aquí surge una de las incógnitas apropiadas para ser despejadas por los analistas políticos conocedores de la realidad neogranadina: está claro que Uribe le endosó su popularidad a Duque en 2018 para que se impusiera (en unas elecciones muy cuestionadas, dicho sea de paso), pero ¿será que en esa misma medida, la impopularidad de Duque le será transferida a Uribe ahora, o el liderazgo de este personaje es tan potente que sobrevivirá a la pésima gestión de su muchacho de mandados?

Las opiniones, tal parece, están divididas, sobre todo porque Uribe sigue moviendo a un sector muy significativo e influyente de la sociedad colombiana, que ha avalado sus llamados a la violencia contra los manifestantes y su propósito de liquidar la paz.

Desde ese punto de vista, es muy posible que el elegido de 2018 termine siendo el sacrificado de 2021, el obediente siervo al que le tocará también cargar con todas las culpas. Es el destino perfecto para un lacayo.

Duque debe saber que ese puede ser su destino inmediato, sobre todo considerando el estilo de mando gangsteril de su amo, quien está obligado a seguir siendo el poder detrás del trono, pues si pierde ese rol hasta podría incluso dar con sus huesos en la cárcel.

Si Uribe se lo ordena, Duque tendría que inmolarse, pues le debe su condición de presidente nominal de Colombia a la bendición del cabecilla. Baste conocer el siguiente dato: a principios de 2018, cuando lo metieron en la lista de precandidatos del Centro Democrático, Duque iba entre los últimos, no llegaba ni a 10%. Después de que Uribe lo ungió, se convirtió en un “fenómeno electoral”, según la prensa aduladora.

Los mentideros internos del uribismo dicen que el sujeto tal vez parezca bastante tarugo en sus actuaciones como presidente, pero demostró una gran astucia para meterse en el círculo de los favoritos del patrón. Aseguran que “tuvo la suerte” de ganar en una rifa el puesto de al lado de Uribe en el hemiciclo del Senado, en 2014, gracias a lo cual fue visto como un novato prometedor, el joven maravilla, especialmente cuando destacó en el discurso contra los acuerdos de paz que enfrentaron a Uribe con Santos. Desde entonces tuvo lo que los complacientes comentaristas bogotanos llamaron “un ascenso vertiginoso”.

Así que Duque se ganó a pulso los sambenitos que ha llevado estos años: subpresidente, títere, marioneta, muñeco de ventrílocuo, pelele. Es tan evidente esa condición de capacidad disminuida que hasta una periodista del status quo como Patricia Janiot se atrevió a preguntarle si se consideraba un títere, interrogante ante la cual, él se mostró muy ofendido.

A pesar de esas reacciones, la subordinación de Duque es ya parte de la picaresca política. En la inauguración del Festival de Cine de Cartagena, en marzo pasado, el cineasta Rubén Mendoza se permitió el desplante de decirle a la vicepresidenta, Martha Lucía Ramírez la siguiente frase: “Dígale a su jefe, y al jefe de su jefe…”. En fin, que ya en Colombia se han normalizado las masacres, los ojos sacados a manifestantes, los cuerpos descuartizados en las quebradas y también se considera normal que el presidente sea, en realidad, un segundo a bordo.

En sentido estricto, Duque también fue un subalterno de Donald Trump y está tratando de ganarse la confianza de Joe Biden, aunque esto es visto como algo muy difícil, justamente por lo servil que fue con el anterior mandatario estadounidense. De cualquier modo, el gobierno de EEUU y sus mandos militares también son jefes de este subjefe. Tal vez por ese exceso de ventrílocuos disputándose su manejo es que este muñeco incurre a veces en deslices y lapsus como cuando declaró que se debe escribir Colombia con p mayúscula; o cuando innovó la gramática al decir: “Yo lo querí”, refiriéndose a su ministro de Defensa, víctima de la covid-19.

En todo caso, los síntomas indican que el títere de vertiginoso ascenso también desciende con gran vértigo.

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Pig Nose: Nariz de cochino

Además de subpresidente, títere, marioneta, muñeco de ventrílocuo y pelele, a Duque suelen decirle cochino. Se afirma que es por lo gordito o por su parecido con el personaje Porky Pig, de las comiquitas.
Otros afirman que el asunto data de sus tiempos de estudiante de bachillerato en el muy exclusivo colegio Rochester de Bogotá, donde formó parte de una banda de rock con varios de sus compañeros. Tratándose de rock (y de una escuela orgullosamente bilingüe), le pusieron un nombre en inglés: Pig Nose, es decir Nariz de cochino.
Pero, dada su trayectoria política, la alegoría porcina tiene otros fundamentos. Ramón Martínez, periodista colombiano de la Comunidad Latinoamericana Revolucionaria Bolivariana (Colarebo), dice que “Duque es un personaje nefasto y turbio, vinculado totalmente al narcotráfico y al paramilitarismo. De modo que si de porquerías se habla hay que comenzar porque sus campañas electorales han sido financiadas por estos dos factores”.
Desde el primer momento han surgido nombres más que cochinos en su entorno: el Ñeñe, el Memo Fantasma y otros que han seguido apareciendo, sin hablar de varios de los miembros de su gabinete vinculados a la droga, como Martha Lucía Ramírez y el embajador en Uruguay, Fernando Sanclemente.
“No tiene personalidad ni pensamiento político propio. Es simplemente un títere que hace lo que le mandan”, dijo Martínez.

Clodovaldo Hernández