Algunas imágenes imperecederas del año de la peste

RENÁN VEGA CANTOR 

(Extractos) Termina el terrible 2020, el año de la peste, de la peste del capitalismo, un año que quedará en la historia porque lo acontecido tendrá impacto duradero y porque es el anticipo a gran escala de lo que nos espera, un resultado al que nos ha conducido el metabolismo destructivo del capital.

Algunas imágenes nos sirven como telón de fondo para hacer un breve balance de algunos de los hechos más impactantes del año del coronavirus. Son tantos y tan diversos los acontecimientos que se requieren miles de páginas para analizar lo sucedido, teniendo en cuenta este criterio, enunciado por Lenin: “Hay décadas donde no pasa nada; y hay semanas donde pasan décadas”.  

En las pocas semanas de este año quedaron hechos añicos muchas de las falacias del capitalismo, que se habían consolidado como verdades casi indiscutibles desde 1989. Sin ningún criterio de exhaustividad mencionamos algunos hechos referidos a Estados Unidos, a América Latina (Bolivia) y a Colombia (…)

1) El “personaje” del año ha sido el coronavirus (SARS-Cov-2) y la pandemia que originó, la Covid 19. Un minúsculo virus adquirió notoriedad al evidenciar los límites del capitalismo, mucho más que miles de palabras. Desde 1989 los voceros del capitalismo anunciaron con soberbia y arrogancia que su despliegue era incontenible, porque dizque forma parte de la naturaleza humana y su expansión mundial (denominada en forma eufemística como globalización) era como una supuesta ley de la gravedad (Mario Vargas Llosa dixit) ante la cual no se podía hacer nada. Estos ideologemas construidos durante décadas y erigidos como los supuestos de un nuevo sentido común, se han derrumbado como castillo de naipes en este 2020.

La Covid-19 desnudó las miserias del capitalismo realmente existente y enterró de una vez por todas, por si hubiera alguna duda, las falacias sobre el fin de la historia, la eternidad del capitalismo y la pretendida irreversibilidad de la globalización (…)

Los virus salieron de sus nichos naturales y se desplegaron por el mundo entero, merced a las cadenas mundiales del capital, conectadas por avión, barco, tren, automóvil, y viajaron raudamente de un continente a otro. Esa remoción del mundo natural por parte del capitalismo arrasa bosques, tierras, mares, ecosistemas, hurga en el subsuelo y en la profundidad de los océanos, como si de un cataclismo se tratara, y destruye sociedades indígenas y campesinas.

En estas condiciones, la Covid-19 es un resultado lógico de la irracionalidad intrínseca del capitalismo (porque la forma-mercancía en la que se sustenta es una bomba de tiempo, terriblemente destructiva), que pretende romper los límites naturales y supone alegremente que con ciencia y tecnología todo es posible (…)

Como el capitalismo es una relación social explotadora y desigual, la pandemia no la sufren de la misma forma las diferentes clases y sectores sociales. En un principio se creyó que era una epidemia de los ricos, simplemente porque estos fueron los que se encargaron de difundirla por el mundo, principalmente por los viajes en avión. Rápidamente se demostró que esa era una fantasía y que la pandemia se cebó contra los más pobres y desvalidos, algo elemental, si se tiene en cuenta la privatización de los servicios médicos, la mercantilización de los medicamentos y vacunas, la pobreza y el hacinamiento de millones de seres humanos en miles de ciudades miserables del mundo entero.

Y son los más pobres entre los pobres los que han puesto la mayor cantidad de muertos, como resultado del darwinismo social que caracteriza al capitalismo y los que más se ven perjudicados por los resultados directos de la pandemia, que reafirman las tendencias estructurales del capitalismo: desempleo, pobreza, desigualdad, segmentación digital, sanitaria y educativa, patriarcado, racismo… Como lo sintetizó magistralmente el médico JagadishHirematch, residente en Bombay (India) el 23 de marzo de 2020, la Covid-19 “una enfermedad que ha sido propagada por los ricos en todo el mundo va a matar a millones de pobres”.

Si en algún lugar del planeta se han derrumbado falacias en este 2020 es en los Estados Unidos. Qué ese país era el campeón de la democracia, la libertad, la justicia, los derechos humanos, la prosperidad y mil pamplinas por el estilo, parecen afirmaciones no solo tragicómicas sino enunciadas hace siglos, porque lo que se ha vivido en la primera potencia mundial desde marzo es una clara muestra del fracaso catastrófico del capitalismo realmente existente, en su núcleo duro.

Son tantos los acontecimientos negativos que desnudó el coronavirus en los EEUU que resulta difícil escoger uno que los sintetice. Pero puede seleccionarse una imagen: la de las fosas comunes en Nueva York. Ante la cantidad de muertos generados por la pandemia, quien lo creyera, los hospitales no dieron abasto, y miles de cadáveres se apilaban en camiones-cisterna refrigerados, y protegidos por contingentes militares.

Ante el número de muertos se abrieron fosas comunes para depositarlos (…) Fosas comunes en Nueva York es una imagen casi medieval en la ciudad posmoderna por excelencia, que indica el verdadero carácter del capitalismo estadounidense, llamado American Way of Life, aunque después del coronavirus sin ninguna duda puede denominarse American Way of Death.

¿Cómo se llegó a esta situación? La mayor parte del análisis de los “expertos” le echan la culpa a Donald Trump, por su incapacidad para manejar la crisis de la covid-19 y por su negacionismo de la pandemia. Y aunque es evidente la ineptitud del millonario la misma no se entiende al margen de lo que acontece en los EEUU desde hace décadas, porque el problema no es coyuntural, es de larga duración, tiene que ver con la configuración del capitalismo en los EEUU, con su clasismo, su racismo, su machismo, con su darwinismo social, con su individualismo hedonista y mercantil, con su culto a las armas, a la violencia y a la muerte.

Esos “valores” han sido agenciados políticamente por el partido del capital, con sus dos alas, los republicanos y los demócratas, de manera indistinta. Eso genera una sociedad terriblemente desigual, con millones de pobres, con una educación y salud públicas arruinadas y junto a los cuales prospera el negocio privado que solo sirve a una minoría de la población.

Y a nivel internacional la contrapartida ha sido el imperialismo, la agresión criminal contra los Pueblos del mundo y contra aquellos que intentan seguir su propio camino, sin la tutela agresiva y criminal de Washington. Que en EEUU al momento de escribir estas líneas se registren 19 millones de contagiados con Covid-19 y 332 mil muertos es indicativo de lo que es ese país. Para qué ha servido tanta ciencia y desarrollo tecnológico, si ni siquiera han sido capaces de impedir la difusión de un virus que ha matado a más personas que las que EEUU ha perdido en las múltiples guerras que ha librado contra el mundo periférico.

Corea, Vietnam, Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia… escenarios bélicos del imperialismo estadounidense le ocasionaron menos muertos que los que produce la Covid-19, como indicador de una guerra social que se trasladó al propio territorio del imperio, si se tiene en cuenta que la mayor parte de los muertos son pobres, afros, latinos, mujeres… Para qué sirven tantos anuncios triunfalistas sobre la conquista de Marte y los delirios tecnocráticos de los gurúes de Silicón Valley sobre la vida eterna y embustes por el estilo, si ni siquiera fueron capaces de dotar de mascarillas ni vestidos adecuados a los médicos que inicialmente atendían la pandemia.

Para qué trajes especiales tan sofisticados y costosos como los que fabrica la NASA para los tripulantes de los viajes espaciales si en la tierra los médicos y enfermeras se visten con talegos de basura, porque recordemos que esas bolsas negras constituyen una parte sustancial del equipo protector de bioseguridad del cuerpo médico de los EEUU. Que eso pase en la primera potencia del mundo muestra lo que es el capitalismo realmente existente.

2) En nuestra América entre tantas noticias negativas (aumento del desempleo, de la miseria, de la desigualdad, de la represión, de la destrucción de la naturaleza…) sobresalió el triunfo electoral de Luis Arce en Bolivia, el candidato del MAS, que contra viento y marea derrotó a tirios y troyanos y logró revertir un año después el brutal golpe de Estado que derrocó el 10 de noviembre de 2019 al gobierno legítimo de Evo Morales.

Luego de ese golpe, que fue avalado por intelectuales y feministas autonomistas y decoloniales entre muchos de los sectores que lo apoyaron e intentaron presentarlo como una “renuncia voluntaria” de Evo Morales (sí, tan voluntaria, como cuando alguien entrega sus pertenencias personales, mientras el atracador le apunta con una pistola a la cabeza).

El golpe, auspiciado por la OEA, el gobierno de Donald Trump y respaldado por el Grupo de Lima, la Unión Europea y regímenes fantoches como el de Iván Duque en Colombia, pretendió revertir las conquistas sociales, populares y democráticas de los últimos años e intentó imponer de regreso la alianza colonial de muerte, entre los terratenientes, los sectores compradores ligados al capital transnacional y los grupos más retrógrados de la iglesia católica, cuyo símbolo más notorio fue el de llevar el día del golpe una gigantesca biblia al Palacio Presidencial y afirmar que nunca más iban a regresar los indígenas a mancillar ese espacio del poder oligárquico y latifundista. E inmediatamente procedieron a masacrar a quienes resistieron el golpe, asesinando en el camino a decenas de bolivianos humildes.

Ese régimen golpista impuso a una dictadora de pacotilla, cuyo nombre ni siquiera merece nombrarse, y rompió relaciones con Cuba y Venezuela y reconoció al títere Juan Guaidó como presidente de Venezuela.

Procedió en forma tan burda, sectaria y criminal, como se comprobó con su desastroso manejo del coronavirus, el que no pudo afrontar, entre otras cosas por la expulsión de médicos cubanos luego del golpe. Y a pesar de contar con el apoyo del imperialismo y de su Ministerio de Colonias, la OEA y el impresentable Luis Almagro, los golpistas no fueron capaces de consolidarse en el gobierno y fueron derrotados en forma inapelable en las elecciones presidenciales de 2020, las que habían aplazado en varias ocasiones, buscando que alguno de los candidatos de la extrema derecha se impusiera.

La derrota que sufrieron no fue solamente de ellos, sino de la OEA, el Grupo de Lima, los EEUU, de Iván Duque, la Unión Europea y de la marioneta Juan Guaidó, quien había justificado el golpe de Estado al decir que era una “inspiración para Venezuela”.

Esa derrota demolió las mentiras, propaladas por la pandilla de Almagro, referidas al supuesto fraude en 2019, porque los resultados confirmaron de lejos lo que se había decidido un año antes, con guarismos incluso más elevados de los que había obtenido Evo Morales.

La razón de este triunfo se debió al relevo generacional de los dirigentes, a la fuerza de la movilización social y a la defensa de los logros alcanzados, en medio de las dificultades y tropiezos, durante los 14 años de Evo Morales. Eso logró concretar un hecho inédito en la historia de nuestra América: la derrota de un golpe de Estado, orquestado desde EEUU, en el breve lapso de un año; eso nunca había sucedido, y por eso adquiere un especial relieve, que reanima las luchas continentales en el presente y futuro inmediato.

Y una mujer encarna simbólicamente lo que pasó en Bolivia en el lapso de un año. Esa mujer es Patricia Arce Guzmán, quien en 2019 en el momento del golpe siendo alcaldesa de Vinto fue sometida a torturas, y se le vejó y humilló en forma brutal. Fue obligada a andar descalza varios kilómetros, le raparon la cabeza y le vertieron pintura roja en el cuerpo. La acción la efectuaron las bandas paramilitares de la derecha boliviana, como clara muestra de la brutalidad de aquellos que son presentados como “demócratas” por la OEA y sus lacayos.

Un año después esa misma mujer gana una curul como Senadora, electa en forma democrática y popular, para vergüenza de todos aquellos que nunca dijeron nada para condenar los vejámenes que sufrió (como la Alta Comisionada de las Naciones Unidas que no pronunció una palabra al respecto).

Patricia Arce afirmó “habrán podido raparme el pelo, habrán podido golpearme, pero mis ideas siguen intactas y voy a seguir defendiendo este proceso». Meses después, luego de triunfar en las elecciones parlamentarias, señaló: «Con trabajo, humildad y con el apoyo del Pueblo boliviano, recuperamos nuestro país, para todas y todos con unidad y Valentía. Quiero agradecer a las y los hermanos que confiaron en este proyecto que va a recuperar el Estado luego de este Golpe de Estado”.

3) La última imagen que queremos comentar está referida a Colombia, concretamente a los sucesos sangrientos del 9 y 10 de septiembre, cuando una rebelión espontánea se presentó en Bogotá y la vecina población de Soacha. Esa rebelión se dirigió contra los CAI (Centro de Atención Inmediata de la Policía, cuyo verdadero nombre debería ser Centro de Asesinato Inmediato).

Este motín popular en el que participaron miles de personas, jóvenes, pobres y humildes, se originó por el asesinato a manos de miembros de la policía de Javier Ordoñez, ciudadano colombiano de 42 años, estudiante de derecho y padre de dos niños.

En la madrugada del 9 de septiembre cuando este ciudadano salió de su apartamento para comprar unas cervezas fue abordado por un grupo de policías, que lo acosaron, lo intimidaron, lo lanzaron al suelo, donde lo agredieron en forma brutal, pese a que él les imploraba “por favor, no más”, luego lo llevaron a un CAI, donde fue golpeado a mansalva, con sadismo, y asesinado. (Fuente: El Tiempo, septiembre 18 de 2020).

Este hecho suscitó la reacción popular, cuando empezaron a circular las imágenes del maltrato que sufrió Javier Ordoñez a manos de la policía, y en especial el video donde se ve como es pisoteado al estilo estadounidense (en una forma similar a como fue asesinado George Floyd en Minneapolis) y se informa de su muerte.

Este crimen oficial del Estado colombiano se convirtió en el catalizador de un importante motín urbano en Bogotá y Soacha, que no se vivía en la capital del país desde hace décadas. Ese fue el hecho precipitante, pero no la causa del malestar contra la policía nacional, un cuerpo represivo adiestrado en la contrainsurgencia y persecución de quienes el Estado colombiano considera “enemigos internos”.

En todo el país los CAI simbolizan la brutalidad policial, la cual se incrementó durante la cuarentena y la pandemia, condiciones que propiciaron un aumento de la represión, que sufren en carne propia los jóvenes más pobres de las ciudades, sometidos a todo tipo de vejámenes y arbitrariedades, que frecuentemente terminan en violaciones o en asesinatos.

Pocos días antes, el sábado 5 de septiembre se presentó uno de esos crímenes en Soacha, aunque en el momento no se tuvo claridad de lo que había acontecido, cuando fueron incinerados ocho jóvenes en un CAI, los cuales no murieron de manera inmediata, sino durante los días siguientes. La policía ocultó ese hecho durante varias semanas y solamente se pronunció al respecto tras la denuncia pública de un concejal de Bogotá.

Luego del asesinato de Ordoñez, esa misma noche, miles de personas se congregaron frente a los CAI de la ciudad, enardecidos por lo que habían visto, y muchos de los participantes habían sufrido en carne propia vejámenes y agresiones por parte de la policía.

En forma espontánea se congregó la gente y frente a los CAI se iniciaron los enfrentamientos, como resultado de los cuales fueron atacados 65 CAI, de los cuales fueron incendiados 52, 49 en Bogotá y 3 en Soacha. La multitud enardecida atacó a 210 vehículos oficiales y de la policía, destruyendo a más de 60.

La policía atacó a los manifestantes en forma brutal, con armas de fuego, como resultado de lo cual asesinó a 13 personas en las noches del 9 y 10 de septiembre. Algunos de los asesinados, hombres y mujeres, no eran manifestantes sino personas que pasaban por el lugar.

Esta acción represiva mostró la dimensión del terrorismo de Estado en Colombia, el cual salió a la luz pública nacional e internacional y también indicó el grado de impunidad que existe en nuestro país, que fue rubricado con dos hechos protagonizadas por el subpresidente Iván Duque: uno, negarse a asistir al evento de perdón contra los asesinados organizado en la Plaza de Bolívar en Bogotá, dejando vacía la silla que se le había asignado; y dos, en una noche visitó a uno de los CAI atacados y se disfrazó de policía, con lo cual exaltó a los asesinos que masacraron a colombianos humildes, a mansalva y a sangre fría.

Esta puesta en escena del subpresidente es una pequeña muestra del grado de indolencia ante el dolor de los pobres que caracteriza al bloque de poder contrainsurgente en Colombia (constituido por el Estado y las clases dominantes).

Por todo ello, consideró que este es el hecho más importante de Colombia en 2020, el año de la peste. Un hecho, por desgracia y como es frecuente en nuestro país, ligado al terrorismo de Estado que impera en esta esquina del continente sudamericano. Por eso nada sintetiza mejor lo que es Colombia, que evocando una pancarta que se exhibió luego de la masacre, y cuyo mensaje es de una claridad meridiana: “Este no es un país, es una fosa común con himno nacional”.

01 de enero de 2021
Tomado de rebelión.org