GENTE VERSUS TECNOLOGÍA: LA BATALLA DECISIVA

Por José Roberto Duque

El reciente bloqueo del acceso a los productos Microsoft a Venezuela no se diferencia, en lo esencial, de los ataques al sistema eléctrico nacional, el sabotaje a la gasolina y al gas doméstico; el corte violento del acceso a bienes esenciales o francamente accesorios tiene un objeto, un fin, y por lo general da resultados. Los efectos pueden ser de mayor o menor calado, pero pocas personas y casi ninguna sociedad sale ilesa de una operación de este tipo.

Incluso en la larga y desconcertante caligrafía de los ataques, el procedimiento es el mismo: te acostumbro o te habitúo (te creo el hábito) a consumir equis producto; cuando te portas mal, te corto el suministro de ese producto y entras en crisis, en un estado que puede ser solo desconcierto o escalar peldaños cercanos al pánico.

De un siglo para acá nos crearon adicción o dependencia a determinadas sustancias, muy difíciles de abandonar una vez que forman parte de nuestro cuerpo individual, social o ideológico. El ser humano de la era industrial lo sabe: azúcares, alcoholes, grasas saturadas, cosméticos, vestido; religión, Internet, otras drogas. No hay que ser heroinómano o alcohólico para saber, aunque sea de refilón o por referencias, lo que padece un cuerpo con síndrome de abstinencia.

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Somos adictos o dependientes porque así nos moldearon: la electricidad, el plástico, la divisa extranjera y últimamente las tecnologías de la información son la nicotina y el azúcar del cuerpo social venezolano, y probablemente hemisférico y planetario. Los primeros elementos a veces nos han faltado, pero luego han regresado: se va la luz, padecemos, llega la luz y nos recuperamos. Pero las tecnologías de la información se sostienen en un sustrato tan frágil y movedizo que sus propietarios (EEUU y un puñado de hegemonías corporativas) serían definitivamente estúpidos si no nos la truncaran.

No es difícil imaginarse a Venezuela sin electricidad, gas o combustibles (ya pasamos por eso); imaginarse a qué escombros quedarían reducidos nuestro funcionamiento como sociedad, nuestro sistema nervioso y nuestra capacidad de respuesta ante una agresión si nos faltara Internet, ya es bastante más complicado.

EL ENEMIGO INVENTÓ INTERNET

El enemigo ha trabajado arduamente en la tarea de hacernos creer que sin Internet la vida en el mundo actual es imposible. La vida sin Internet es posible, pero en plena guerra contra Estados Unidos y media docena de sus lacayos, un país sin Internet está concediendo una ventaja decisiva.

El enemigo probablemente tiene entre sus planes desconectarnos indefinidamente (“hasta que cese la usurpación”, por ejemplo) de Internet. Y esto es más fácil de lo que puede cualquiera imaginar. Ya hemos vivido dos o tres episodios de corte masivo pero temporal de la conexión. Hemos sobrevivido. Pero no hemos vivido aún el ataque conjunto, que si viene con planificación y sincronía puede ser mortífero.

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Las anteriores reflexiones nos llevaron a repasar la anatomía de la droga o factor de dependencia fundamental que nos ocupa en este momento, y henos aquí metidos de lleno en la revisión atenta en un sistema circulatorio crucial: el gigantesco cableado suboceánico que trae y lleva datos a través del mundo. Agarras uno de esos cables, lo cortas por la mitad y ahí tienes sus partes: dos capas de plásticos diversos, una de cables de acero, una de aluminio, otra de policarbonato; un tubo de cobre, una capa de vaselina (sí, con vaselina nos zamparon Internet los dueños de la comunicación) y por último la médula, la fibra óptica.

Diseccionas un torso humano y comienzas: dermis, epidermis, grasa, músculos, huesos, cartílagos, vértebras y tal, hasta llegar a la médula, al coctel de sustancias e impulsos energéticos que comunica al cerebro con el resto del planeta hombre o mujer.

Diseccionas la sociedad venezolana y ahí tienes dos cuerpos o miembros que parecen idénticos pero social y políticamente están diferenciados: cada uno con su partido o estructura, sus niveles superestructurales o ideológicos, sus fuentes de financiamiento, sus formas organizativas, sus ramificaciones e individualidades, y allá al fondo la sustancia fundamental del entramado político: ese coctel donde conviven el odio y el amor, los resentimientos y la conciencia histórica, el oportunismo y el sano sentido de la oportunidad; el sentido de pertenencia y los criterios de propiedad: el chavismo y el antichavismo.

Las líneas finales de esta breve incursión pretenden llegar a cierta profundidad del cable subacuático y subterráneo, misterioso y a veces diáfano, llamado pueblo resistente de Venezuela. No tocaremos la fibra óptica o médula espinal; tengo razones de seguridad estratégica para no exponer aquí más allá de dos o tres manifestaciones físicas de ese tumulto de células y conexiones del nivel celular de nuestra materia.

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En aquel extremo, los niveles organizativos marchan últimamente de manera artificial y un poco sombría, a pesar de la potencia del estímulo exterior: el antichavismo funciona exclusivamente con dinero, ese mismo que Estados Unidos le arrebató al Estado venezolano. Pero está más que comprobado que el dinero, aunque buen estimulante, es un pésimo conector, un cemento que no sirve para hacer edificios duraderos. Se ha demostrado durante todos los intentos de desestabilización y destrucción de los gobiernos chavistas.

En 2014, y sobre todo en 2017 y 2018, la sustancia llamada dinero consiguió crear una sensación de caos generalizado y potenció unas cuantas leyendas en el imaginario de los medios y redes sociales. Unas pocas zonas de toda Venezuela (pocas pero bien equipadas con armas letales y propaganda) se llenaron durante semanas de acciones espectaculares que muchos todavía confunden con heroísmo: aquellos muchachos audaces, buenos para la guerra, eran jóvenes “nuestros”, o que debieron ser captados por nosotros, los chavistas. A falta de estímulos más eficaces corrieron tras el estímulo que sí le ofreció el fascismo, a manos llenas: dinero en efectivo.

Del oeste de Caracas salían en la mañana, como si fueran a cumplir horario de oficina, escuadrones de jóvenes que se iban al este a buscar su paga del día, a exponer el pellejo para incendiar y matar o a dejar que los mataran, y en la tarde regresaban con una plata buena para los gastos de cualquier muchacho de ciudad. Y los que no regresaban, obtenían el dudoso y efímero título del que ya casi nadie se acuerda: los llamaron libertadores a ver si semejante bomba de vanidad les prolongaba el entusiasmo. Pero los cálculos fallaron, y cuando Freddy Guevara huyó a esconderse en una embajada y dejó de llegar el dinero, se acabaron los actos incendiarios y “heroicos”. Con un título falso fabricado en laboratorios no se puede comprar nada en el mercado.

Un poco más duró el financiamiento del caos. Durante 2018 la guarimba persistió pero en otro registro, más bien en otro ritmo: a las comunidades les llegaba “un recurso” (así se le decía o se le sigue diciendo en los niveles más bajos de la organización), casi siempre después de la visita de algún jerarca de Voluntad “popular”, Primero “justicia” o la secta que maneja una Machado Zuloaga, y la orden fue esta vez perpetrar paros de tránsito vehicular diariamente, bajo el pretexto de la falta de gas, electricidad o lo que fuera. Se acabó o dejó de llegar “el recurso” (que siempre encuentra buenos bolsillos, sobre todo cuando nadie los está fiscalizando), y se acabaron las “protestas”.

¿ESTAMOS PREPARADOS SI NOS AÍSLAN DEL INTERNET, LA TELEFONÍA DIGITAL Y SU PLATAFORMA “INTELIGENTE”?

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Es un derrotero al que el antichavismo siempre vuelve, pese a que la historia le ha intentado enseñar sin éxito que la política se hace cara a cara en las calles, y no en los medios y redes. El año 2007 fue una lección que muchos creyeron o creímos definitiva: el año en que de verdad la oposición salió a la calle (casi obligados, pues perdieron la vitrina RCTV y tuvieron que salir a caminar entre la gente física) lograron ganarle al chavismo una elección refrendaria. Luego y antes Antonio Ledezma haría lo mismo en Caracas, y un puñado de diputados hicieron lo propio. Pero siempre regresan a su desdeñosa actitud de divas informativas. Su mayor esfuerzo lo invierten ahora, nuevamente, en las plataformas mediáticas y en “el recurso” a chorros que Estados Unidos nos robó para entregarle una parte a ellos.

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La disección del chavismo deberá ser, como ya se dijo, parcial e incompleta.

En estos días andamos de regreso en Caracas, con la misión de sacarle a los caraqueños de varias parroquias (qué manía, eso de no acostumbrarnos a decir “comunas”) relatos y reflexiones en torno al tema urgentísimo y fundamental de esta guerra: cómo es que, después de tanto ataque físico y propagandístico; después de tanta operación sicológica y económica a gran escala; después de tanta y tan variada inoculación del odio, los habitantes de esta ciudad no han sucumbido ni a la violencia, ni a la depresión ni a la inmovilidad. En esto contamos con la coordinación y el apoyo del diario Ciudad Caracas, y la receptividad del chavismo organizado, dentro y fuera del partido PSUV.

Andamos realizando entrevistas y conversatorios, preguntando desde lo más puntual hasta lo más abstracto, y ahí está nuestra gente, respondiendo y preguntándose cosas que ningún sabio en ninguna oficina podría plantearse sin llegar a la columna vertebral de un movimiento (el chavismo), de una corriente histórico-social (el pueblo organizado para el combate contra el capitalismo) y de una construcción orgánica (el pueblo expoliado).

Justo ahí, donde habita el cableado que transporta la información que nos hace resistentes, andamos hurgando en los niveles organizativos del chavismo, y nos hemos encontrado con algo que ignorábamos, y que hasta hace pocos días nos inquietaba porque no lo veíamos, no lo percibíamos y por lo tanto creíamos que no existía: la estructura formativa, el permanente reunirse para discutir sobre el país y sobre el planeta, el organizarse en sectores y en ejes (dije que no abundaré en este entramado), en un corrientazo que viene a unirse a otras sustancias vitales (CLAP, Consejos Comunales, UBCH, etcétera) para darle forma a un componente tan sólido como enigmático: el pueblo chavista que proviene del pueblo más pobre y profundo, y que de él se nutre como se nutre del verbo y el recuerdo del Comandante Chávez.

Una de las preguntas generadoras con que andamos estimulando la conversa es: ¿Cómo ha sido posible convivir con gente que no piensa como nosotros, que está siendo empujada a destruir nuestro proyecto, y sin embargo debemos incorporarla a la construcción de comunas y estructuras nuevas?

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La disección del enemigo: en este tiempo de su bonanza y su grotesca prostitución o entrega al amo, el títere que algunos todavía llaman líder ha intentado mimetizarse en el pueblo, a ver cómo le va sin “el recurso” que convoca a sus seguidores, y la respuesta ha sido la soledad y el silencio. La semana pasada anduvo por Ruiz Pineda, en día de mercado popular. Sus asesores tienen alguna noción de la manipulación propagandística de los entornos: saben que fotografiarse en un mercado lleno de gente es aparecer rodeado de pueblo así ese pueblo ni se entere de su presencia allí. A pesar de ello, increíble y fatalmente, su caricatura de verbo captador o tan siquiera alborotador se quedó en puro suspiro. Así reseñó El Nacional ese evento, que parecía o pretendía estar llamado a convertirse en la noticia de la semana, o al menos del día:

“Tenemos un plan y vamos a sacar este país adelante” (ese fue el titular).

“El mandatario interino conversó con los ciudadanos sobre la crisis que afrontan los venezolanos. Aseguró que el tiempo sí importa porque el país está en emergencia (…) Tenemos a la mayoría, la comunidad internacional está con nosotros, tenemos un plan y tenemos con qué sacar a este país adelante porque ya Maduro está derrotado”: sus declaraciones más impactantes.

“Guaidó manifestó que está con el pueblo: ‘nosotros juntos tenemos que recuperar nuestro país, estamos con ustedes y los necesitamos a todos'” (otra frase que hará temblar los cimientos de la historia de este tiempo).

Tal vez se diga que esa reseña la realizó algún pobre pasante destruido por la hambruna o el miedo a la dictadura. Hay que revisar entonces lo que dijo el corresponsal de un medio colombiano: no era el muchacho de El Nacional, es el efecto bostezante de la inútil visita del inútil “dirigente”, a quien le recomendaron no usar “el recurso” para convocar personas sino para enriquecer a su entorno íntimo.

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En materia de organización, el chavismo se está fortaleciendo en posiciones que harán imposible o excesivamente traumáticos los eventuales o potenciales planes de extirpación, que son la fantasía macabra del fascismo venezolano e internacional: remover al chavismo de la estructura funcional del pueblo sólo será posible mediante un genocidio de gigantescas proporciones (y de un elevado costo humano, financiero y político).

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¿Cómo nos estamos preparando para el momento en que nos aíslen del plano o territorio llamado Internet, del plano de la telefonía actual y su plataforma “inteligente”? Lo ignoramos, y esto hace aflorar otras preocupaciones. Los seis puntos desde los que Venezuela se conecta al cable continental que provee Internet son fácilmente detectables, y su vulnerabilidad física es evidente. No hemos visto ni oído al chavismo hablar en términos de regreso al tiempo analógico, romántico y mecánico de las comunicaciones no digitales.

En alguna de las próximas visitas tal vez obtendremos algunas respuestas. Pero hay un dato evidente del que es preciso partir y al que hay que volver, siempre: cuando nos cortan las fuentes de energía (electricidad, combustible, gas) y la oscuridad parece que gana terreno, aflora el ser humano en su corporalidad más animal y primitiva; en su ruralidad, que significa regreso a la creatividad del ancestro. Ahí es donde los pueblos victoriosos se hacen invencibles, pero en eso debemos adiestrarnos. Porque a punta de consignas y emoción patriótica no se ha ganado ninguna guerra.

CONSTRUYENDO EL BUEN VIVIR

COLOMBIA HUMANA