La encrucijada brasileña

Por: Cicerón Flórez Moya

A lo largo dela historia de la humanidad han habido decisiones populares catastróficas. Han sido equivocaciones que le han costado a los pueblos caídas de profundidad, suplicios de difícil reversión. Hitler y su engendro del nazismo en el siglo XX, fue el holocausto con las más patéticas dimensiones de abyección. Se hizo al poder en Alemania con masivo respaldo. Un capítulo más reciente, para no ir tan lejos, es el Donald Trump en Estados Unidos. Este magnate ganó la Presidencia de tan poderosa nación a pesar de las evidencias de sus descarrilamientos éticos y de sus repetidas equivocaciones en asuntos de interés público.

El desplome tiene ahora como escenario a Brasil con la elección de Jair Bolsonaro a la Presidencia. De él dice el periodista Milton Eric Nepomuceno: “Un troglodita radical, incapaz de comprender la vida más allá de su defensa inquebrantable de la violencia. Un ser totalmente desequilibrado que requiere ayuda sicológica urgentísima”. Y esta sentencia es reveladora de la perspectiva que se abre: “De todas maneras ganó. Jugando sucio, jugando inmundo, pero ganó. Las urnas de mi país han parido a un Augusto Pinochet. A ver qué pasa; a ver cuál será la dimensión del desastre, y principalmente, cuál será el precio que las futuras generaciones pagarán por semejante catástrofe”.

Para América Latina el panorama es desalentador, porque a los desvíos inocultables de Nicolás Maduro en Venezuela, se suma ahora la incertidumbre de Bolsonaro, cuyas inclinaciones presagian una tormentosa travesía en el manejo del Gobierno en su país. Allí la democracia puede tener mayores resquebrajamientos mediante políticas fundamentalistas, con predominio de la intolerancia, el recorte de libertades y derechos, la agudización de la desigualdad, la imposición de principios retardatarios y la interpretación de la realidad a la luz de privilegios excluyentes.

Otro de los riesgos que se correrán con Bolsonaro es que su compulsión a la violencia lo pongan en el camino de aventuras belicistas de impredecibles alcances.
El recorte de garantías puede configurar censuras y generar prácticas de agresión contra quienes se aparten de los credos oficiales. Sería el estrangulamiento de la libre expresión, todo lo contrario de lo que debe predominar.

Volver a los regímenes de fuerza, a las dictaduras amparadas por las armas oficiales, en contravía del pensamiento reflexivo destinado a la construcción de sociedades libres de opresores, sería un retroceso de frustración estrepitosa.
Puntada
La población colombiana no es de 50 millones de habitantes sino de 45.5 millones según el más reciente censo. No se alcanzó la proyección prevista, lo cual para algunos es una frustración. Para otros es el resultado de un trabajo mal planeado, erráticamente ejecutado y hasta afectado de mentiras consentidas. ¿Pero para qué sirve un mayor crecimiento demográfico? Se aumentarían los pobres, los marginados de derechos fundamentales como educación, salud, trabajo, techo y seguridad. Se elevaría el índice de necesidades insatisfechas. La verdad es que “no hay cama para tanta gente”.

Entonces, “dejémoslo de ese tamaño”, como habría dicho el papá del cantante brasilero Nelson Ned.

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