Metáfora de la vergüenza

el gran colombiano
Cristina Martínez

Siento decirlo: hace tiempo, cuando apenas iniciaba mi adolescencia tuve una ruptura sentimental con Colombia. O quizás un poco después, cuando tuve conciencia de la verdadera razón por la que mis padres tuvieron que emigrar a Venezuela, la tierra del petroleo. Nadie me lo ha preguntado, tampoco hace falta, pero voy a contarlo: mi hermano y yo crecimos con la abuela materna en un pequeño caserío del departamento de Córdoba, ubicado al Norte de Colombia. Fuimos felices, es cierto, teníamos un patio grande para jugar y eso era suficiente para paliar aquellas manera efervescente de extrañar a los progenitores.

Después las cosas cambiaron, mi hermano se fue a Caracas y yo a Barranquilla. Esa separación me dejó sumergida en dos condiciones: la de desterrada y errante. Los años siguiente, hablo de los 90, fueron de mucho andar: cursaba la secundaria en una ciudad también costera, iba a pasarme las vacaciones al pueblo natal o a Caracas. En esas circunstancias fui perdiendo mi acento original, cosa que jamás volví a recuperar. Es probable que por ello en Colombia piensen que he nacido en Venezuela, en Bolivia que soy una chilena, en Venezuela que soy venezolana. Y no me quejo del todo, también debo confesar que me mimetizo cuando es necesario, en La Habana, por ejemplo, he pasado por cubana para entrar gratis a los museos.

Vuelvo al inicio, he hablado de ruptura sentimental. De haberme dado cuenta que mi generación al igual que tres generaciones anteriores y otras que vinieron después de la mía, hemos estado esperando la paz en Colombia, esperando oportunidades de estudios, de empleos. Tener un techo digno, salud pública de calidad. Nos hemos creído el cuento de que teníamos patria y que el problema de todos los colombianos es absolutamente las guerrillas. Yo terminé igual que mis padres, igual que millones de compatriotas, en Venezuela. Otros se marcharon sin pena ni gloria a otros continentes. Nada ha cambiado para nosotros, seguimos así, en el limbo, porque cómo dice León Gieco, “desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”.

Admiro a quien ha tenido la valentía de quedarse para luchar, aunque en esa lucha se le haya ido la vida. Reprocho a quienes se quedaron conformes con un trabajo tercerizado para sobrevivir, a quienes solo ven lo toros desde las barrera porque han perdido la fe o los controla el miedo, a quienes en medio de la guerra se han vuelto indiferente frente al dolor ajeno. También para mi desgracia, me autorreprocho: No tengo moral para decirle nada a nadie al respecto. A plena luz del día, me refugio en mi condición de inmigrante, me justifico diciendo que me he entregado en cuerpo y alma a la Revolución Bolivariana, pero nada más basta con leer al Che, con recordar que abandonó las comodidades de la libertad conquistada en Cuba para irse a guerrear a Bolivia, y me da pena, pena, penita de mi misma.

Recientemente el Expresidente Álvaro Uribe Velez fue elegido como El Gran Colombiano de la Historia. La elección se realizó mediante una escuesta virtual realizada por History Channel con el acompañamiento del diario El Espectador. Uribe Velez competía contra con 124 personajes ilustres, entre los que figuraban Simón Bolívar, Gabriel García Márquez, el periodista Jaime Garzón y el cientifico Manuel Elkin Patarroyo. Solamente con el hecho de que Uribe haya sido nominado a esta medición absurda de la historia ya es bastante horrendo. La cuestión es que el resultado de esa encuesta ha generado polémica y hay detalles que se le pasan a los defensores furibundos de Uribe en sus alegatos cuando dicen que se trataba de una elección abierta y libre.

Según Anonymous, la red de ‘hackers’, “El canal History ha reconocido que el programa “El Gran Colombiano” nació de una idea de J. J. Rendón (ex asesor de Uribe Vélez), y fue financiado por Sofasa Renault cuyo director (Luis Fernando Peláez), se autodenomina el más uribista de los uribistas. El patrocinador oficial del programa “El Gran Colombiano” pagó mas de 3 millones de dólares por su auspicio”. A esto hay que sumarle que Uribe Velez es parte de la junta directiva de Mews Corporation, los dueños de History Channel.

Pongámonos más recios con el tema: si en esta elección virtual se computaron 1.132.183 votos y Colombia cuenta con una población cercana a los 48 millones de habitantes, ¿De qué participación histórica estamos hablando?, por otra parte ¿cuantas personas realmente tienen acesso al servicio de internet, o nuevas tecnologías?, ¿cuantas fueron pagadas en el mundo para que votaran una y otra vez por el gran Uribe para así hacer de él un heroe comprobado?, ¿A cuantos de nosotros, en nuestras escuelas, se nos enseñó nuestra verdadera historia, de dolor y sangre, desde las perspectiva de nuestra clase social?

Propaganda basura es todo esto. Álvaro Uribe jamás será el personaje más respresentativo de la historia de Colombia, es la metafora más perfecta de la vergüenza que nos ha legado la primera decada del siglo XXI. Protesto, protesto, protesto. A un asesino y traidor como ese no se le premia por nada. Se le condena. Allá las encuestas.