Delirium Piromaníaco

Arturo J. Galea M

 Primero que nada me gustaría agradecer a nuestro Dios Todo Poderoso, por hacer posible que la terrible incendio que azotó a la una parte de la refinería de Amuay desde el pasado sábado con un saldo lamentable, haya llegado a su fin. Agradecer además, la acción decidida del Gobierno Bolivariano para atender y manejar la crisis de forma acertada y efectiva, con lo cual se minimizaron otros riesgos latentes para las instalaciones petroleras.Ahora bien, como era de esperarse, la oposición una vez más hizo gala de sus dotes (para nada envidiables), de agoreros del desastre, de profetas de la destrucción y el caos; no pudieron esconder ante millones de venezolanos el morbo que les produjo saber que una parte de la principal refinería del país y la más grande del mundo, ardía en llamas y dejaba a su paso destrucción y muerte. Desde esa cloaca que se auto denomina “oposición”, (particularmente no me gusta darle esa condición porque pienso que el que se opone tiene que proponer y contribuir), surgieron los más disparatados análisis y conclusiones, señalando y sentenciando culpables sin contar con la más mínima prueba o dato fidedigno sobre las causas reales que provocaron el desastre. Se pasearon por los más absurdos e irresponsables argumentos (no vale la pena recordarlos porque con tan sólo nombrarlos producen escozor e indignación); me atrevo a decir que, casi con crucifijo en mano, más de uno pidió por la destrucción absoluta de la refinería y por una lista bien gruesa de personas fallecidas. Los medios privados, como siempre, edulcoraron los hechos y tergiversaron palabras del Comandante Presidente para presentarlo como un insensible e inhumano (la contundencia de la realidad se encargó de inmediato de pulverizar tal insolencia).

 Lo impactante del desastre sumado al manejo tendencioso que se hizo desde los mismos medios de siempre, causó de forma inmediata resentimiento y frustración generalizada en la población, incluso desde nuestras filas bolivarianas hubo quienes se hicieron eco de la matriz desestabilizadora de la derecha, y hasta comenzaron a usar sus códigos comunicacionales (consciente o inconscientemente); colocaron en la imagen de sus PIN, Twitter y Facebook, el lazo de luto que en innumerables oportunidades utilizaron las empresas de comunicación privada para aterrorizar a la población durante el sabotaje petrolero, y exteriorizar lo que sólo ellos entendían como “luto activo”. Otros optaron por colocar las fotos del incendio acompañado por el miserable lazo negro (en lo personal con tan sólo verlo me hace recordar todas las argucias y situaciones de peligro que orquestó la derecha en este país desde el años 2002).

 No obstante, otra desbandada  de este grupo de compatriotas fueron más osados y se precipitaron a hacer llamados a la autocrítica, como si ello fuera solucionar el problema y, hasta dejaron entrever algunas hipótesis poco sustentadas sobre las posibles causas del evento. En mi opinión, si fue sabotaje o no, si fue falta de previsión o no, debe ser avalado y sustentado por los resultados de una investigación seria, que pudiera llevarse días incluso meses para llegar a un veredicto final. Mientras ello ocurre, de seguro irán saliendo a la luz pública más detalle sobre la tragedia, así como apariciones y declaraciones de personajes que tal vez delaten ciertas posturas y pretensiones en torno a lo ocurrido, a partir de lo cual pudiéramos ir configurando un posible mapa de actores y situaciones que nos permita elaborar varios escenarios de cara al futuro.

Lo cierto es que, hacer juicios de valor sin sustento, nos pudiera conducir a legitimar las tesis de la derecha pirómana, en algunos casos sin darnos cuenta, en otros con claridad meridiana. Es hora de que terminemos con esa práctica mal sana (para muchos es un salto al estrellato) de ser opinadores y analistas de micrófono y cámara; con esa actitud irresponsable de actuar por repetición, “porque es lo más fino, porque mis panas lo tienen, porque se ve fino”, etc, etc. Sin prestar darnos cuenta que día a día intentan convertirnos en seres con capacidad reducida de raciocinio y pensamiento propio. Debemos asumir acuciosamente que es necesario agudizar nuestros sentidos para captar de forma inmediata todas aquellas situaciones poco claras y beneficiosas para el colectivo, y no dejarnos llevar por lo que hace o dice la muchedumbre.

 Es hora de que adoptemos una postura mucho más firme y seria ante la realidad que nos rodea; que el delirum piromaníaco no nos invada y terminemos haciéndole el juego a los detractores del bolivarianismo, ya que si dejamos que ellos pongan las reglas, estaremos incapacitados para observar y analizar lo verdaderamente necesario y lo que en realidad tiene que ser escudriñado. En momentos de gran conmoción nacional, los pequeños detalles determinan el curso de los acontecimientos, los cuales a su vez, serán decisivos para la definición de la historia.

 Por ejemplo, desde que se produjo el estallido de los tanques, la vocería opositora apeló a lo que saben hacer, desestabilizar, intranquilizar, amedrentar y frustrar; tocar la fibra más sensible para que la población en un arrebato de delirum piromaníaco, propusiera para los días que restan hasta el 7 de octubre, quemar chaguaramos, incendiar el Wuaraira Repano y otras tácticas incendiarias. Por una parte hacen llamados a la población a que se mantenga en calma, pero llenos de odio para explotar, igual o peor que los tanques, al momento de recibir la seña adecuada. Ni que hablar del candidato piromaníaco, quien a la vez que intenta venderse como el más demócrata e incluyente, despotrica de los trabajadores de PDVSA y los cataloga, veladamente, como incapaces e ineptos; he allí una prueba de que no cree en los venezolanos trabajadores y humildes. Sólo reconoce como legítimos venezolanos a los meritócratas oligarcas saboteadores.

Finalmente, sólo me queda decir que el capitulo Amuay aún no termina, si bien se extinguieron las llamas en los tanques, todavía se mantienen las llamas encendidas a lo interno de algunos sectores de la sociedad venezolana, quienes están decididos a realizar, hasta las últimas consecuencias, el delirium piromaníaco.

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