Simone, 104 años de feminismo

 Marianny Sánchez
«No se nace mujer, llega una a serlo», sentenció en 1949 amalgamando la tesis de su obra más trascendental: El segundo Sexo. Precursora del llamado feminismo de la Segunda Ola, la filósofa francesa Simone de Beauvoir comprendió, desde muy joven, la necesidad de deslastrarse de los conservadores valores burgueses para que la autonomía de las mujeres se hiciera realidad.

A 104 años de su nacimiento –el 9 de enero de 1908– el compromiso político y de género que guió tanto su obra como su vida, sigue vigente. Aún hoy, la sutil eficacia del sistema patriarcal representa una traba para la igualdad de oportunidades entre los géneros.

Las cifras lo revelan. De acuerdo con datos aportados por la Organización de Naciones Unidas (ONU), 70% de la población pobre del mundo son mujeres y dos terceras partes del analfabetismo mundial tiene nombre de mujer.

De igual forma, las mujeres representan la tercera parte de la fuerza laboral del planeta y realizan las cuatro quintas partes del trabajo informal. Sin embargo, sólo acceden a 10% de los ingresos globales y a menos de 1% de las propiedades en el mundo.

Fiel seguidora del legado filosófico de Federico Engels, la obra de De Beauvoir retoma y al mismo tiempo denuncia las limitaciones de una de las ideas expuestas por este revolucionario alemán: «La primera y más fundamental forma de lucha de clases es el antagonismo entre los géneros».

El propósito de demostrar la artificialidad de ese antagonismo entre hombres y mujeres para alcanzar la justicia fue el móvil que, durante años, alimentó la escritura de uno de los ensayos más importantes del siglo XX y texto fundacional del feminismo contemporáneo, El Segundo Sexo.

En él, la autora adversa el discurso dominante para la época, según el cual, citando a Sigmund Freud –una de las figuras vertebradoras del conocimiento científico– la biología es destino.

Con precisión investigativa y argumentativa, destruye De Beauvoir cualquier noción de inmanencia biológica que determine la feminidad o la masculinidad. Es la experiencia vivida, la herencia histórica -dice- lo que estructura las conciencias de hombres y mujeres y, así, su manera diferenciada de experimentar el mundo.

El sexo –como concepto latente de género- no es para la autora la marca diferencial que la naturaleza inscribe en los cuerpos a través de la genitalidad; se trata del conjunto de características económicas, políticas, sociales y discursivas que atraviesan la existencia de las mujeres –y diferencialmente la de los hombres-, cuya interiorización las relega a ocupar un lugar secundario dentro del entramado social.

«(…) Lo que existe concretamente no es el cuerpo – objeto descrito por los científicos, sino el cuerpo vivido por el sujeto. La hembra es una mujer en la medida en que se vive como tal», afirma la filósofa.

El sometimiento de las mujeres por parte de los hombres constituye, pues, un fenómeno no natural y no cuantitativo que se ha justificado como consecuencia de la racionalización de las diferencias fisiológicas entre ambos sexos.

¿Qué es la mujer? y, por añadidura, ¿es realmente inferior la mujer? son dos de las interrogantes cuya respuesta aspira a desvelar De Beauvoir en su obra. Para ello, recurre a Hegel y su concepción dinámica del ser: «es haber sido hecho tal y como lo vemos manifestarse». Así, en tanto dinámico e histórico, el ser es maleable y cambiante de acuerdo con las posibilidades existenciales que ofrece la realidad.

El carácter supuestamente inferior de la mujer no se debe entonces a su ser, sino a la limitación de posibilidades impuesta por el aparato ideológico, social, económico y político dominante, que frena su capacidad de trascendencia, la mantiene cautiva.

Para el momento de la publicación del ensayo, la lucha feminista había perdido gran parte de su fuerza. El período entre las dos guerras mundiales había significado la decadencia del feminismo; había, de cierta manera, muerto de éxito, pues logrado el voto y la educación superior, muchas mujeres abandonaron la militancia o simplemente subsumieron la causa feminista a una lucha reformista del sistema económico. Reinaba entonces la domesticidad obligatoria, propia del nazismo, cuyos estragos replicaban aún tras la caída del régimen.

El segundo sexo oxigenó el feminismo de la postguerra, a la par de que aportó un discurso de tal rigurosidad analítica, filosófica y científica que permitió, desde allí, construir la Teoría del género, rama académica que ha hecho posible no sólo un cuestionamiento de las inequidades entre hombres y mujeres, también el diseño de políticas públicas con enfoque de género y la aplicación de las llamadas «acciones positivas», medidas desarrolladas por los Estados para garantizar la participación de las mujeres en los espacios de poder y gobernabilidad.

La militancia política de izquierda con la que se comprometió De Beauvoir no fue entonces sino una consecuencia lógica de su compromiso como intelectual y representante de un feminismo que no llegó a declarar sino hasta 1962.

Mantuvo siempre comunicación constante con movimientos socialistas y comunistas internacionales y enfatizó la necesidad de superar el modo de producción capitalista para liberar a las mujeres del yugo económico que las mantenía atadas a los hombres bajo relaciones despóticas.

Como militante, reconoció la necesidad de hacer explícito el malestar de las mujeres y abrir el debate sobre el sistema patriarcal en la esfera pública, ya no de élites ilustradas, sino de masas. Es por ello que en 1977 funda y asume la dirección de la revista Questions Féministes (Asuntos Feministas), publicación pionera en la materia y una de las más importantes hasta el día de hoy.

En su faceta de novelista estuvo presente siempre una crítica a la sociedad burguesa y un cuestionamiento a la idea hegemónica de feminidad. La invitada, Los mandarines, Todos los hombres son mortales, La mujer rota y Hermosas imágenes, son algunos de sus títulos que destacan en este género.

Como ensayista, publicó también los textos El pensamiento político de la derecha, El existencialismo y la moral de los pueblos, Para una moral de la ambiguedad, La vejez, entre otros.

El pensamiento de De Beauvoir ha alimentado las elaboraciones teóricas de autoras emblemáticas del feminismo como Monique Wittig y, más recientemente, Judith Butler.

Murió en París, el 14 de abril de 1986. En su tumba reposan cartas de feministas de todo el mundo que la reconocen como mentora y guía en la lucha contra el sistema capitalista y patriarcal que aún hoy escribe, abrasivamente, su guión sobre los cuerpos de las mujeres/AVN

RM