El cazador de gazapos

Ángel Cristóbal García /Filólogo
(Cortesía de Prensa del Sur)
Aquél hombre encontró que en el Larousse del 75 habían escrito jabalina con ‘v’ de vaca y decidió comunicarlo inmediatamente a la Academia de la Lengua. «¿Cómo es posible -exclamó-que en un diccionario de tanta fama se cuele un gazapo de esa naturaleza?». Muy a pesar de lo avanzadode la noche, escribió la carta. Bien temprano la puso en el correo y durante ese día le mostró la copia a todo el mundo. Una semana esperó la respuesta, visitando dos veces al día su apartadode correos. La Academia le respondió, por fin, elogiándole su descubrimiento y lo exhortó a que continuara desarrollando tan loable labor en beneficio del idioma. Para él esa exhortación fue definitiva. Bien pronto, luego de haber acumulado una buena veintena de gazapos célebres, su fama trascendió y fue llamado por el Diario más importante del país para el cargo de “cazadorde gazapos” con un buen sueldo de base y bonificación extra por cada uno que descubriera en las cincuenta páginas de la edición. Puede decirse que modificó totalmente sus costumbres y su nivel de vida. Desde entonces pasó a ser el hombre importante que quiso ser pero no abandonó su inclinación inicial de localizar gazapos en libros, diccionarios y enciclopedias de prestigio. A su decisión inquisidora no escaparon ni el mismo Diccionario de la Lengua editado por la Academia,ni la Enciclopedia Universal de Gazapos Célebres que él mismo había ayudado a redactar. Su labor desde el Diario le sirvió para escalar la presidencia de la Asociación Internacional de Cazadores de Gazapos y la calidad de miembro honorario de todas las academias del mundo. Era, en efecto, un hombre popular y admirado.
Pero fue en las postrimerías de su carrera, ya entrado en años, cuando obtuvo su más resonante éxito profesional. Descubrió un gazapo en la primera plana del Diario. Apareció en recuadro y en negrilla el aviso del sepelio de Alfonso Sobrino Vital, y no era Vital sino Vidal. Nuestro personaje leyó un ejemplar de la primera tirada, lo corrigió y lo hizo llegar al director. Éste —al reconocerla letra— dio un salto desde su butaca giratoria y exclamó: «—¡Milagro!… ¡Milagro!…». Todoscorrieron a ver de qué se trataba, extrañados porque el director no se caracterizaba precisamentepor extroversiones como esa.
—¡Es él!…¡Es él! —repetía a cada interrogante que le formulaban sus inmediatos colaboradores.Y se desmayó. Ese mismo día fue inhumado el cadáver de Alfonso Sobrino. Al entierro asistierontodos los trabajadores de la prensa capitalina y delegaciones del gremio de gazapos de todoslos países. A la mañana siguiente, bien temprano, el director recibió en el hospital la visita desus subalternos de confianza. Estaba bastante repuesto del ataque de nervios del día anterior ymanoseaba el ejemplar del gazapo. Al verlos entrar, y sin saludarlos siquiera, les mostró la grafíade Sobrino corrigiendo el Vital. “¿Se convencen?… ¡Lógico, él tenía que saberlo, si ese era supropio nombre!”, les dijo. Todos asintieron con un gesto. Desde entonces, el ejemplar corregido seconserva en la Sala Museo de la sede de la Asociación Internacional de Cazadores de Gazapos queSobrino se honrara en presidir./jh