Me gusta este comunismo.

 Earle Herrera

Emergí a la política cuando al comunismo le dio por cuestionarse y revisarse. Las biblias de la Academia de Ciencias de la URSS eran sustituidas por nuevos textos sagrados, entre otros, el Libro Rojo de Mao. Los dogmas se caían. La invasión de Checoeslovaquia fue la pancada de ahogado del modelo soviético. “Ya no es posible callar”, gritó uno por allá. “El socialismo como problema”, otro por aquí. “El fusil manda al partido”, proclamó el foquismo urbano o montaraz. Hippies. Poder Joven. Hongos parejos. Vietnam. Las fresas de la amargura. Eurocomunismo. Teología de la liberación. “Cervantes, camarada, tu muerte será vengada”. La renovación académica. “Paren el mundo, que me  quiero bajar”. Mafalda. Los Beatles. Black Power. Angela Davis. Paz y amor. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Mayo francés. Famas y Cronopios. Rayuela. El boom. Cien años de soledad. Puerto Rico libre. ¿Qué tiene Fidel? Década violenta. Había bastante de dónde escoger y cortar.

Hete aquí que de pronto llega el comunismo a Venezuela y se me doblan todos los manuales y se tornan borrosos tantos círculos de estudios, retiros y debates en los que me trasnoché durante más de una década larga e insomne. Esto no es el sistema casi monacal del que nos hablaba el admirado maestro Domingo Alberto Rangel. Tampoco el modelo  espartano que nos inculcaban los camaradas, filósofos y amigos J.R. Núñez Tenorio y Pedro Duno. Mucho menos el mundo del gran salto adelante  que nos instruía con fanática pasión nuestra querida y radicalmente dogmática profesora Gloria Cuenca, con su intransigente e irreductible marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse Tung, más el agregado axiomático del Libro Rojo, la larga marcha y la revolución cultural que, de un tajo, nos prohibió oír a Beethoven por contrarrevolucionario y occidental. ¿Se acuerda, mi profe?

De súbito, sin ventarrones, Gulags, granjas de reeducación ideológica y confinamientos siberianos llega el comunismo a ritmo de Florentino y el Diablo, Fiesta en Elorza, tricolor de ocho estrellas, tres raíces propias, debates públicos hasta más no poder, proceso constituyente y un Presidente que alberga refugiados en el mismísimo Palacio de Miraflores. Si Ernest Hemingway, quien además de señor de la pluma era un bonchón, se asomara por Venezuela, haría de Caracas, Valencia o Maracaibo la protagonista de su libro París era una fiesta.

Los “disidentes” de este comunismo atroz escriben en la gran prensa, viven día y noche en la televisión, van y vienen de Miami y Washington semanalmente, le nombran la madre al Presidente de la República en horario “todo público” y algunos hasta reciben contratos de obras y servicios públicos que muchos chavistas envidian. Los opositores a los que el chavismo está matando se bajan del avión  que llega de París o Nueva York y antes de salir del aeropuerto, hacen su reservación  para el próximo puente internacional. Los que vienen de vacación navideña, ya tienen cupo para carnaval, con el ojo puesto en la semana santa. Como todo comunismo, allí están las colas, sobre todo para conseguir mesa en los locales de lujo. Algunos terapeutas de la Nueva Era diagnostican que esto es una forma homeopática de matar el stress del marxismo sobrevenido.

Este comunismo bonchón de ninguna manera me cae mal, aunque a veces me confunda y traumatice mis dogmas. Me divierte que mientras se lo gozan,  oligarcas y conversos vayan a la OEA y a la ONU a denunciar su martirologio. Esto también forma parte del vacilón./Poder en la red

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