Comunicación en tiempos de Revolución Tareas de la Comunicación militante

Feliz cumpleaños COLAREBO/ Especial

Fernando Buen Abad Domínguez

“(…) He tenido ocasión de observar muchas veces cómo poderosas organizaciones con una poderosa prensa se hicieron añicos

bajo el impacto de los acontecimientos, y cómo, por el contrario, pequeñas organizaciones con una prensa técnicamente débil se transformaron en corto tiempo en fuerzas históricas”. León Trotsky

En una situación revolucionaria se transforman todos los factores de las relaciones sociales y eso exige que sean comprendidos de manera distinta y, no pocas veces, nueva. Una situación revolucionaria es una situación, por ahora, excepcional que lo exepcionaliza todo. Del “motor de la Historia” que es la lucha de clases derivan, necesariamente, las agendas fundamentales para las tareas comunicacionales revolucionarias. Es de importancia suprema entenderlo con toda precisión. Ignorar, esconder, tergiversar o malinterpretar la lucha de clases, pone fuera de lugar al trabajo comunicacional que queremos y necesitamos.

El capitalismo, incluso desde sus crisis más devastadoras, se reagrupa y orquesta ofensivas que tienen, con sus aparatos de guerra ideológica, objetivos perversos hijos de la barbarie. No podemos quedarnos quietos y callados. Ellos, apoyados en sus “mass media”, idean, sin cesar, modos y medios para profundizar la destrucción y el saqueo de los recursos naturales, la explotación acelerada de la clase trabajadora y el sometimiento de las conciencias. Ellos, que son una minoría enfermiza, cuentan con saberes, tecnologías, métodos y recursos enormes. Nosotros que somos la mayoría, aun con debilidades múltiples, tenemos todo por ganar, organizados y bajo un programa socialista. Es preciso que sepamos cómo hacerlo.

Necesitamos educarnos para, además de asumir el control socialista de las herramientas de comunicación, podamos gestar el nacimiento de los lenguajes nuevos, el nacimiento de la comunicación emancipada y emancipadora. Necesitamos Escuelas de Cuadros activadas con la praxis científica más avanzada y la creatividad mejor al servicio del ascenso de la conciencia y de la moral para la Revolución Permanente. Necesitamos liderar los rumbos nuevos de la expresión social liberada de las ataduras burguesas y de todos los complejos que nos han inoculado durante centurias. Necesitamos prepararnos para ganar la lucha contra “la ideología de la clase dominante” que tenemos inyectada, incluso, de las maneras más in-imaginadas.

Es verdad que sólo con la Batalla de las Ideas no se completa una Revolución Socialista, es verdad que debemos transformar, de raíz, la economía y la propiedad privada de las herramientas de producción. Es verdad que debemos modificar, de raíz, las relaciones de producción y es verdad que debemos adueñarnos de la inteligencia para diseñar el futuro con bienestar y felicidad para todos. Y es verdad que semejante programa de lucha debe hacerse carne y moral revolucionaria y que, para eso, es necesario un movimiento mundial de la comunicación empeñado en reiterar, de mil maneras nuevas frescas y creativas, que ese futuro nos aguarda con anisa porque no quiere quedarse, victimado, en garras de un sistema destructor y desvencijado como es el capitalismo.

Es insoportablemente contradictorio que todavía tengamos comunicadores, trabajadores de (y en) medios distintos, jóvenes o no, con experiencia o sin ella, educándose en una praxis (laboral, universitaria o de organizaciones diversas) plagada con palabrería, tecnicismos e ilusionismos, de todo tipo, arrodillados al servicio de una cadena de producción comunicacional denigrante, decadente y altamente tóxica. Sometidos a-críticamente a la fabricación de “mensajes” que operan como mercancías con moraleja mercenaria y que, además de ser útiles al sistema, pasan a ser ofensivas ideológicas burguesas. Y, muchos, ni cuanta se dan.

La lucha de clases nos provee la agenda con los repertorios de las tareas revolucionarias que debe asumir la comunicación emancipadora. La lucha de clases hace visible el conjunto de los frentes, las condiciones de las contiendas, las fortalezas y las debilidades de quiénes libran las batallas cada minuto. Es vital que desarrollemos nuestras mejores capacidades creativas y científicas para detectar y sistematizar los escenarios y las exigencias de la lucha de clases. Sus términos y sus avances, sus peligros y sus acciones concretas… y de ahí ser capaces de construir la comunicación que, al mismo tiempo que informa, ayuda a la organización, que, al mismo tiempo que combate, sirve para fortalecer la inteligencia y la moral de la clase proletaria que, también, con su comunicación revolucionaria, logrará derrotar al capitalismo. Y eso hay que comunicarlo revolucionaria y permanentemente.  

Entre las herramientas revolucionarias más poderosas que debemos ganar está la auto-crítica. No la auto-crítica puramente confesional o de “golpe de pecho”, sino la científica, concreta y directa que genera acción superadora y no lamentaciones sin fin. La carencia de auto-crítica es una de nuestras, muchas, (peores) debilidades. Debemos blindarnos contra toda soberbia, la revolución no es una historieta de héroes petulantes que lo saben todo y que lo pueden todo. Debemos hablarnos con claridad fraternal y con la verdad sustentada. Debemos eludir la vulgaridad y el cinismo. Debemos desterrar las burlas y afianzarnos en el sentido del humor más cordial e inteligente. Eso sería realmente nuevo en materia de comunicación. No repitamos los vicios del patrón.

Toda Revolución está siempre amenazada por los enemigos, claros y visibles, y por los infiltrados que invisibilizan sus reales intenciones o se disfrazan de revolucionarios para descarrilar a la revolución. Esa ha sido una parte de la historia de las traiciones y a la fecha abundan los reformistas, los ultra-izquierdistas, los pontífices y los oportunistas que, entre otros miles de canallas, trabajan sistemáticamente para derrotar a los revolucionarios y a sus ideas. El sectarismo nos mata. Una tarea revolucionaria en Comunicación radica, precisamente, en cultivar los anticuerpos contra toda la perversión contra-revolucionaria, venga de la secta que venga u ostente el burocratismo que ostente. Ya hemos sufrido demasiado por esas traiciones.

  Tenemos desafíos históricos enormes que incluyen a la comunicación emancipadora, con herramientas emancipadas de toda trampa fetichista y mercantil. Tenemos por delante el desafío de saldar las tareas de la Unidad política de los trabajadores de la comunicación revolucionaria, con todos los trabajadores y en todo el mundo. Tenemos el desafío de construir nuestras agendas, de no permitir que el enemigo de clase nos las imponga, las disfrace de como las disfrace. Sin confusiones ni demoras. Tenemos el desafío de ganar todos los espacios físicos, intelectuales y emocionales para dar lugar a todo lo que nos emancipe. Necesitamos desarrollar teoría política para la praxis comunicacional emancipadora. Necesitamos que los temas de los pueblos, sus malestares, sus luchas y sus triunfos sean agenda de nuestras agendas. Necesitamos construir la mirada de los revolucionarios como la única mirada que, realmente, le ofrece a la humanidad salidas del estercolero criminal en que el capitalismo ha convertid al mundo.

No hay práctica correcta sin teoría correcta. Una situación revolucionaria tiene sus contenidos propios, sus ritmos y sus prioridades determinadas por la fuerza, y los avances, que la clase trabajadora conquista para expropiar el poder a la burguesía. Las tareas comunicacionales revolucionarias no pueden provenir de la pura subjetividad, opinológica, de algunos “iluminados”, las prioridades derivan de las necesidades objetivas de cada frente en combate contra el capitalismo. Los contenidos, nuestros, emergen de la lucha de clases. Insistamos siempre.

Esas necesidades se detectan democráticamente si se toma en cuenta lo concreto, tanto como lo subjetivo, con el propósito revolucionario de que la verdad sirva para elevar el nivel de la conciencia, para perfeccionar la lucha y para garantizar el triunfo de la Revolución Permanente. En una situación de claro enfrentamiento de clases, en la que la disputa no admite eufemismos, y es contundente la evidencia de una guerra, los medios de comunicación revolucionarios tienen un papel supremo como herramientas organizadoras para ayudar a multiplicar las fuerzas revolucionarias a partir de poner en común un programa de acción emancipador. No se puede desperdiciar recurso alguno. No se puede perder un minuto. Las mejores ideas son las ideas emancipadoras.

Nuestras luchas comuncacionales son asimétricas. Nos falta capacitación, nos falta organización y nos falta unidad. Tenemos claro quién es el enemigo de clase, sabemos el daño que nos ha causado, sabemos qué debe ser expropiado y qué derrotado y sabemos que no podemos perder la batalla comunicacional. Sabemos que ésta lucha debe darse de manera internacionalista. Sabemos que a los trabajadores sólo lo salvarán los trabajadores. Sabemos mucho y hemos hecho muy poco. Por ahora. ¿Por qué no hemos logrado vencerlos ya, si somos la mayoría?

Estamos a tiempo de evaluar el tamaño y los alcances de las ofensivas renovadas que están en marcha contra la Revolución. Estamos a tiempo de darnos las herramientas para desentrañar las maledicencias y las canalladas “novedosas” que se cocinan en los laboratorios de guerra ideológica y en las “salas situacionales” de las oligarquías. Estamos a tiempo de cualificar y cuantificar los frentes que prepara el capitalismo para descarrilar la toda Revolución. Estamos a tiempo de prepararnos en lo objetivo y en lo subjetivo para resistir la ofensiva y derrotarla luchando, hombro con hombro.

No es difícil coincidir en que, para derrotar la “Guerra Mediática” de los monopolios, se necesita el apoyo de muchos miles y miles de personas que entiendan la importancia de organizarse en tareas desafiantes. No es difícil coincidir en que somos víctimas –también- de nuestras debilidades, de nuestra desunión, de nuestras apatías y prejuicios. Y quizá no sea difícil coincidir en encarar una nueva etapa, la actual situación revolucionaria, que nos ofrece condiciones específicas y la cual no podemos interpretar sólo con base en nuestras experiencias anteriores y sí con base en las necesidades presentes. Los oligarcas de los medios, si no mejoramos estrategias, pueden derrotarnos sólo con dejarnos que nos ahoguemos en el caldo de nuestras incapacidades, vicios y debilidades.

Una situación revolucionaria es la mejor situación. Coincidamos, entonces, en impulsar un conjunto de acciones revolucionarias que pongan en primer lugar las tareas que nos competen, a esta hora, para que cada quien haga lo que mejor pueda y que puedan muchos hacer lo que nos urge a todos, organizadamente: La Revolución Permanente y la Comunicación Revolucionaria. Tenemos un futuro, socialista, por ganar.

RM

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