Los tatuajes: una nueva mercadería

Marcelo Colussi

Empecemos por contextualizar la situación: este es un artículo escrito por un occidental urbano nacido y criado en la segunda mitad del siglo XX; y buena parte de sus lectores –esperando que los haya– tendrá más o menos similares características. Dicho rápidamente: para nosotros, occidentales modernos, jóvenes pero no tanto, el tatuaje es algo más o menos “raro”, con cierto toque exótico. No está en nuestra historia más antigua como cultura. (Vale aclarar también que quien escribe no está en contra de la práctica actual de los tatuajes; sólo se abren consideraciones sobre su utilización, y más aún: sobre cómo cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, puede ser negocio en la lógica de reproducción del capital).

El término “tatuaje”, con una cierta variación en el deletreo, ha sido adoptado en las diversas lenguas occidentales. La palabra fue llevada a Europa en 1771 por el capitán británico James Cook al regreso de su primer viaje a los mares del sur. Durante la travesía navegó alrededor de las costas de Nueva Zelanda y Tahití. El capitán Cook escribió sobre esta práctica: “Manchan sus cuerpos pinchando la piel con los instrumentos pequeños hechos del hueso, que estampan o mezclan el humo de una tuerca aceitosa [...] En esta operación, que es llamada por los naturales “tattaw”, las hojas dejan una marca indeleble en la piel. Se realiza generalmente cuando tienen cerca de diez o doce años de la edad y en diversas partes del cuerpo”.

Los tatuajes fueron una práctica euroasiática en tiempos del Neolítico, encontrándose incluso en algunas momias egipcias con una antigüedad de hasta 7.000 años. Puede hallárselos en las antiguas culturas china y japonesa hace unos 4.000 años. 2.500 años atrás se expanden por las islas del Pacífico. Entre las culturas americanas prehispánicas aparecen en los aztecas. En Europa los invasores nórdicos llevaron la costumbre del tatuaje a las islas británicas hacia el siglo X. Era el orgullo de estos guerreros tener símbolos y crestas tribales de sus familias sobre la piel. De hecho, es ésta una costumbre que todavía sobrevive entre algunas familias aristocráticas, particularmente en Escocia. Incluso parte de la iglesia católica animó a tatuar a sus miembros en los siglos XVII y XVIII. Hoy día algunos sacerdotes han seguido la costumbre, y los diseños religiosos tatuados en el antebrazo o el pecho son considerados tradición en diversos pueblos búlgaros y los eurasiáticos católicos.

La función de los tatuajes es diversa: como distintivo social, de contenido religioso –formando parte de innumerables ritos–, cosmética. En ocasiones se ha hecho un uso tétrico de él, como en el caso del sistema de identificación de los judíos en los campos de concentración mantenidos por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo cierto es que no hacen parte de la cultura cotidiana de toda la población occidental como algo histórico, como legado cultural milenario ya incorporado. Es más: para gente occidental por arriba de las tres décadas de edad están asociados a prácticas de ciertos grupos más bien marginales (el hampa, las prostitutas), o muy puntuales, como los marineros.

Recientemente, hablando del mundo occidental, su uso se ha extendido en forma exponencial entre la población juvenil. Si bien es cierto que en alguna medida sigue asociado a poblaciones marginalizadas –incluso satanizadas– como las pandillas juveniles, en general asociadas a los circuitos delincuenciales y que efectivamente hacen de él un símbolo con valor ritual, también el tatuaje pasó a ser un objeto de consumo más en amplios sectores de jóvenes, como la goma de mascar o el teléfono móvil. Su uso como ornamento “chic” es algo muy reciente. ¿Nueva moda?

Sí, sin ningún lugar a dudas. Nuevo “nicho de mercado” descubierto (inventado) hace unos pocos años y, por supuesto, eficientemente explotado. Lo que hasta hace poco tiempo no era sino patrimonio de presidiarios –y que en algún nivel sigue siéndolo, convenientemente mercadeado– ahora pasa a ser símbolo “sexy”. Obviamente el cambio no se dio por casualidad, por generación espontánea; alguien lo planeó, lo puso en marcha. Y alguien saca provecho de eso, sin dudas. ¿Los usuarios, los compradores? En algún sentido también sacan beneficios: se tatúan porque los satisface. Pero sabiendo que la sociedad capitalista de consumo hace de cada cosa una mercadería vendible, es ya difícil saber –cuando no imposible– dónde termina lo necesario y dónde comienza lo superfluo, dónde lo producido llena necesidades y dónde las necesidades son inventadas por la misma dinámica del sistema. O, en todo caso, se da una articulación entre ambos campos de sentido donde el gusto está, al mismo tiempo, hecho desde el inicio una mercadería, siendo siempre ambas cosas. Si alguien se beneficia en este nueva “cultura del tatuaje” que ya se ha instalado fuertemente en países occidentales, hay que pensarlo ante todo en términos económicos –y por cierto los tatuados son los que pagan, los que dejan el dinero–.

¿Podrían considerarse una expresión de arte, de un arte bastante singular por cierto, pero arte al fin? Quizá. Sin dudas, todas las expresiones artísticas en un mundo regido por la lógica mercantil terminan convirtiéndose en mercaderías –en algunos casos, degradándose incluso–. ¿Por qué estarían exentos de ello los tatuajes? No es la intención presente polemizar sobre si ellos constituyen o no una forma de arte; pero independientemente que lo sean (y seguramente lo son, igual que los graffiti o el hip hop, artes asociadas a ciertas sub-culturas urbanas), lo que quiere destacarse ahora es cómo cualquier cosa puede constituirse en “nueva moda” e imponerse con criterios mercadológicos. Piénsese, por ejemplo, en los actuales piercings que, fuera de la tradicional perforación del lóbulo de las orejas a las mujeres, en Occidente estuvieron siempre asociados a prácticas de culturas “primitivas”, pero que hoy se han convertido en una muy difundida moda (¿negocio?). ¿Quién lo decidió? ¿Qué hizo que una pretendida “práctica tribal” pasara a ser un atractivo adorno cada vez más aceptado?

Llevar tatuajes en el cuerpo puede ser bonito o no; a quien le gusten, les resultarán bonitos –valga la perogrullada–; y quien quiera aborrecerlos también está en su derecho de hacerlo. Lo que queremos destacar aquí es que se los ha convertido en una nueva mercadería para consumir, una más de tantas, una más que se impone y que termina por ser “agradable” (¿quién puede contra las modas?). Eso muestra que los gustos, los criterios estéticos, la cultura en general, son implementados por algunos grupos detentadores de poder. En una sociedad que se mueve por la lógica del mercado eso es harto evidente. Pero demuestra también, además, que la gran mayoría sigue al rebaño, sigue las imposiciones. Hace apenas unos años los tatuajes eran cosa de maleantes, del llamado “bajo mundo”; ahora son artículos quasi eróticos. ¿Quién produjo el cambio? Sin dudar que puedan ser muy bonitos o excitantes (para quien les gusta, claro), lo que podemos extraer del fenómeno es la manipulación escondida: son una mercadería más que se terminó imponiendo. Una vez establecida, puede ser apropiada como marca distintiva de un grupo, como expresión incluso de una cierta rebeldía, de un inconformismo. Pero, desde ya, siempre existe el riesgo que esa suerte de protesta, de expresión de disconformidad –igual que los diversos emblemas antisistémicos de los hippies de los 60 del siglo pasado o de la camisa con la cara del Che Guevara estampada que se vende en cada rincón del planeta– terminen siendo una mercadería más que el sistema se encarga de administrar cuidadosamente, succionando y despojando de toda su real carga de protesta.

Esto es sólo para demostrar cómo el capitalismo como gran maquinaria económico-político-sociocultural hace de cualquier cosa un objeto de consumo más, imponiéndolo como necesario; esa es su razón de ser, independientemente que el modelo económico-social en juego sea pernicioso, insostenible, injusto. Y eso no tiene límite: el tatuaje simplemente puede ejemplificar la tendencia.

De más está decir que la intención de esas breves líneas no es confrontar con el tatuaje como expresión ornamental, como símbolo, como arte. A quien le gusta tatuarse, que lo haga. Poner todo esto como objeto de reflexión crítica no implica un moralismo senil contrario a cualquier expresión juvenil contestataria y rebelde. Por el contario, un pensamiento alternativo, crítico, no es “aburrido”, “pesado” ni “anti-sexy” porque pueda cuestionar, por ejemplo, el por qué de esta nueva tendencia de los tatuajes. Es crítico, nada más ni nada menos; lo cual puede ser enormemente dinámico, irreverente, pícaro. Incluso excitante. Todo lo cual significa, en otros términos: constructivo, propositivo. Y quien quiera, por supuesto, que se tatúe.

R.M

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Una respuesta a “Los tatuajes: una nueva mercadería

  1. celis Hurtado

    Excelente artículo . Me gusta mucho el tratado histórico que le da usted a cada uno de los temas que desarrolla. Siempre lo leo. Saludos!