El “desliz” de la señora Clinton

Por Carlos Fazio (Prensa Latina *)

México (PL) Cuando el pasado 8 de septiembre la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, aseveró que la amenaza de los cárteles de la economía criminal en México se está transformando en algo semejante a una “insurgencia”, no cometió un lapsus o un “error”.
Tampoco cuando dijo que los grupos criminales “controlan ciertas partes del país”, lo que hace que México se parezca cada vez más a Colombia hace 20 años.
Ex primera dama en la Casa Blanca, ex candidata presidencial en las internas del Partido Demócrata e integrante del poderoso clan Clinton, uno de los más influyentes de Estados Unidos, la ministra habló en la sede en Washington del selecto Consejo de Relaciones Exteriores.
A una pregunta expresa de Carla Hills, ex representante de Comercio y principal negociadora del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) que abarca Estados Unidos, Canadá y México), la señora Clinton mencionó como un índice de la “insurgencia criminal” mexicana la aparición de coches bomba.
Si bien su tácita descripción de México como un “Estado fallido” en fase de “colombianización” no fue parte de un discurso preparado, tratándose de una funcionaria de tan alto nivel, entrenada como pocos en las escaramuzas del poder imperial, sus dichos injerencistas sobre México no fueron un desliz sino expresión de una concepción estratégica.
Es decir, reprodujo una matriz de opinión “sembrada” por los círculos militaristas del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) sobre el México actual.
Una matriz dirigida a la fabricación mediática, con fines de aceptación pública, sobre la existencia de una presunta “narcoinsurgencia” o “narcoterrorismo” en el país.
De imponerse esa matriz de opinión pública quedaría legitimada la profundización de las políticas de contrainsurgencia que, probadas antes en Colombia, Iraq y Afganistán, vienen siendo practicadas ahora en México.
Es obvio que la señora Clinton y sus asesores saben perfectamente que un movimiento guerrillero tiene causas políticas y sociales y objetivos distintos a los de las mafias criminales.
Y si distorsiona la comprensión de fenómenos político-sociales y delictivos, al asimilarlos de facto, no es por simple confusión. Forma parte de una deliberada manufacturación dirigida a obtener determinados fines.
Como señaló el diputado Porfirio Muñoz Ledo, viejo zorro de la política local, una responsable política, que fue esposa de un presidente y candidata al Ejecutivo en Estados Unidos, “no la baila sin información”.
Según él, la secretaria de Estado está en la “cocina” de un proyecto de intervención a gran escala, que pudiera ser un “plan B”. Y tiene razón cuando afirma que el suceso trascenderá a la anécdota.
La sobre reacción de las autoridades en México, incluido el propio presidente Felipe Calderón, se debió no a los efluvios nacionalistas derivados de los “festejos” del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, sino al acuse de una nueva vuelta de tuerca que derivará en mayores cesiones de soberanía y seguridad nacionales.
En la actual coyuntura, nadie, como Calderón, que se supone es el hombre mejor informado de México, sabe de la infiltración de altos organismos del Estado por los cárteles de la economía criminal, y de las ventajas y condiciones que les otorga a éstos el modelo económico neoliberal, con sus principios de desregulación y máxima rentabilidad.
En ese contexto, queda claro que la única razón posible para que la señora Clinton identifique movimientos insurreccionales con cárteles criminales, es un inocultable designio injerencista y contrainsurgente estadounidense en México.
Una intromisión que, es de presumir, a corto plazo profundizará las actuales acciones encubiertas que llevan a cabo grupos de elite del Pentágono y la CIA en el territorio mexicano.
(*) El autor es un reconocido articulista de la prensa mexicana y colaborador de Prensa Latina.
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