Receta para envejecer

Por Oscar Domínguez G. *

Bogotá.-Como nos llegó el día del “adulto mayor”, como nos dicen a los catanos para no bajarnos la caña, conviene reivindicar hoy la edad. No somos viejos. Digamos con Borges que hace tiempo somos jóvenes

Me gozo estos sesenta y pico. Y ya que el cementerio está lleno de gente que estaba aliviada hasta la víspera, mantengo las barbas en remojo. Claro que he empezado a bajarle al azúcar y a la grasa. No hay que abusar. Mi dieta consiste en comer de todo.
Me hago ver de la próstata cada año. El urólogo se encarga de inspeccionarme. Un proctólogo solemne, recién egresado, practica una gimnasia parecida. Claro, hay que ayudarse toda las mañanas con un puré de pastillas. Laboratorio da, lo que naturaleza va quitando. Eso creemos.
No me he retirado del trago ni de otros pecados capitales y no capitales: ellos se han retirado de mí. Soy “virtuoso” por sustracción de materia.
A estas alturas del almanaque, no necesito posar de importante ni de inteligente. Eso me aligera el estrés en un 99 por ciento. No estoy en el mercado.
Mi vanidad cambió de prioridades. Ahora me alegra constatar que  escogí el sustantivo o el verbo correctos. Lo demás es adjetivo.
Le encuentro encanto a releer viejos textos, voy a cinemateca a horas inverosímiles como las once de la mañana, o la una de la tarde. Repito con un personaje que interpreta Julia Roberts: “Siento que estoy empezando a desaparecer”.
El señor Alzheimer y la artritis me coquetean desde el silencio. En la calle solo veo a quien quiero. En los escasos cocteles que frecuento no me ven aquellos “amigos” a quienes no les intereso.
De pronto canto con Horacio Guarany: “Cuando llegues, vejez, no te insolentes”. Redistribuyo el ingreso con los pájaros de mi barrio. En reciprocidad, “no cambian nunca de canción”, como en el verso de Rogelio Echavarría. Y me recuerdan cuándo debo hacer supervivencia.
Contra la orden de mi médica internista me tomo algunos rones y ejerzo como detestable fumador social, ese que no respeta el pulmón ajeno.
Me despierto y me sucede lo que a los gatos: se me agota la agenda. En la madrugada, leo, escribo, escucho programas radiales para noctámbulos, procuro interpretar favorablemente los astros, bebo café. Vuelvo a roncar.
Me contradigo, luego existo, o sea que todavía puedo hacer dos cosas al tiempo. “No se puede ser el mismo en todas las estaciones”, pienso con Antonioni.
De pronto, este  Libra manda hojas de vida que son como botellas de náufrago arrojadas al mar. Ningún empleador ha requerido mis servicios. Que ni se le ocurra… (Mentiras se aceptan propuestas).
Almorzar solos es una derrota social, sostiene el manito Juan Villoro. Discrepo. Disfruto de mis almuerzos (corrientazos) a solas, con los oídos puestos en el melodrama de la mesa vecina.
Miro avisos clasificados donde encuentro empleos para otros. Devoro los avisos funerarios del periódico. En los entierros me encuentro  con viejos amigos y colegas, nos leemos el ADN en las arrugas.
Alguien se fija si la corbata del otro es Hermÿs, nos adivinamos la chequera. Recordamos cuando “teníamos salud, sonrisa, juventud y nada en los bolsillos”.
Evocamos aquellos momentos en que fuimos supuestamente “imprescindibles” e importantes, quedamos de vernos -lo que poco sucede- y regresamos a nuestros sueños,  soledades y pacíficas cotidianidades.
De pronto “me siento aceptablemente póstumo” (gracias, Bufalino).
Aunque todavía creo que solo se mueren los demás, en casa tenemos más listo todo. Morimos por cómodas cuotas mensuales.
He procurado vivir siguiendo el consejo del viejo cascarrabias del Mark Twain: vive de tal forma que hasta el empresario de pompas fúnebres lo lamente. No creo que lo haya logrado. Lo he intentado al menos.
ag/od
*Periodista colombiano.Colaborador de Prensa Latina

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