Crónica UNOS NEGROS EN LA ESQUINA

Martín Raúl Lam

Es el miércoles santo de 2010 en Caracas. Son las cinco de la tarde. Paseo por el llamado  bulevar de Sabana Grande, en el municipio de Chacao,  entre familias, vendedores ambulantes, novios, muchachos. Todos caminan suave, detalladamente, porque es día de fiesta y mañana también. El presidente Chávez declaró toda la semana de asueto. Medida de urgencia para ahorrar energía eléctrica. Al paso veo el último gesto de un mimo.

La gente aplaude, suelta unas monedas, ríe, alguno se retuerce de la risa. El sol baja enrojecido sobre los edificios del centro, las siluetas cortan el cielo como en un inmenso dibujo cuyo soporte fuera la ciudad. El cielo del este es una abundancia de colores todos rojos. Hacia un extremo del bulevar se alcanza a ver, vaporosa,  la famosa taza roja de Nescafé.

Hay un grupo de negros en la esquina de Baldo y el bulevar. Tres hombres, dos mujeres. Ninguno pasa de cuarenta años, ninguno baja de veinte. Son más negros debajo de sus risas blanquísimas y  de su conversación despreocupada, rutinaria. No están de paseo ni de compras y mucho menos de vacaciones o de fiesta. Están trabajando. Son cinco haitianos. Cinco de miles que hace años están en Caracas. Ignoro el porqué pero la mayoría de estos miles hacen lo mismo que estos cinco. A saber: el más expresivo y alto, vende helados en un carrito con campanitas y firma registrada. La señora de cuarenta vende helados caseros en una falsa nevera de anime. El de gafas y unos treinta años, a su manera elegante: ropa limpia y bien planchada, pantalón ajustado con correa y zapatos muy limpios, exhibe los cintillos que hace su esposa. La chica de veinte, delgada y sin gracia, vende mangos. Bolsas con tiras de mango adobado con vinagre, sal, limón y pimienta. Cada bolsa cinco bolívares. El último en llegar jala un carrito de cotufas o palomitas de maíz. Viven en Carapita, La Yaguara, Caricuao.

Es un encuentro casual y sin importancia. La vendedora de mangos era la única que llevaba en esa esquina toda la tarde, según me dijo después. Su puesto es una caja de cartón, la mitad mangos enteros, la mitad mangos partidos, metidos en bolsas, listos para el comprador.

Son las cinco de la tarde. El bulevar es una larga caja de luz atenuada. La esquina huele a incienso. Mágica y místicamente a incienso, pero solo es el rastro que deja un vendedor.

Por el centro del bulevar se acerca la camioneta gris y parda de la policía Chacao. Una llama de sol, que ha caído de los edificios, refulge sobre el auto que discurre vigilante. Los negros la ven aproximarse sin alarma.  Son vendedores que caminan ofreciendo su producto y eso los “legaliza”, pero la vendedora de mangos  tiene varias horas en el mismo lugar.  Si algo hiciera la policía sería contra ella, pero ella tampoco reacciona cubierta por la confianza y falta de alarma de sus paisanos y porque hace apenas una semana vende mangos y esto le pasa por primera vez.  En el carro vienen tres hombres oscurecidos en la penumbra del interior. Dos adelante, uno atrás.  Ella los ignora. Vende. Trabaja.

El carro se aproxima como sin ningún interés. Nadie en el bulevar le presta atención. El bulevar es peatonal, pero el carro es policial.  Al pasar frente al grupo, el carro se detiene. Pero antes de parar, se abre la puerta de atrás y un policía salta felinamente. Una mancha gris que salta contra los negros. EL grupo se dispersa hacia adelante. Todos se mueven con sus bártulos. La vendedora de mangos también, pero sin los suyos. Tres, cuatro pasos más lejos de su caja de mangos. Ella y su caja, ambas solas e  indefensas. Ella podía correr, ayudarse, ¿pero la caja? La mancha gris cayó sobre ella. Medio segundo bastó. La caja voló hasta la camioneta policial. Los trozos de mangos y los mangos enteros  iban detrás, al lado, adelante, debajo, en ese atardecer. El frasco con pimienta, la botella de vinagre, la de agua, el tarro con la sal, los limones, todo voló limpia, obediente y justicieramente hacia el carro. El policía no había pronunciado ni una sola palabra, pero un gesto de ira profunda gritaba en su cara oblicua, desfigurada, bien refrendada por la caja de mangos que volaba a su lado. Se habían reunido en su rostro la ignorancia, el deber mal cumplido, la nula dotación de solidaridad y de humanidad,  algún odio viejo, un pedazo de su padre y de su madre cuando lo tenían de hijo en su casa de pobres. Todo eso se junto, pero el hombre no estaba satisfecho, pues ser bruto cuesta mucho. Era como si la ciudad fuera de él o incluso como si el mismo fuera la ciudad y la negra estuviera vendiendo esos mangos trepada en su estómago. Arrastrándose con sus malditos mangos babeantes de sal por su propio pecho. El segundo en que sucedía esto estaba quebrado como un gran vidrio sobre la esquina. Algo de uñas sucias, escarbaba en el cerebro del policía. Desde su cara se veía lo peor creciendo, saltando a su alrededor. Los negros agregaban distancia al susto. La vendedora de mangos no. Ella se había paralizado al tiempo que sus mangos volaban. El odio se agitaba en la mueca del policía. Algo iba a pasar en ese instante para toda la vida. El policía revolvía  la rabia y el odio  y demás atributos de su misión a mucha velocidad, bien en alto, en su rostro, pero en ese instante sus compañeros lo llamaron desde el carro. Adentro había una oscuridad concentrada. Lo llamaron dos veces. La rabia se escurrió un poquito del charco de odio que temblaba en sus ojos y lentamente, sin dejar de mirar a la vendedora con sus ojos hirvientes, entró en la camioneta. Los compañeros lo esperaban riendo, no muy estruendosamente, es cierto. El no reía. No supe si lo felicitaron. Afuera, en la esquina de Baldo y el bulevar, donde era la tarde roja, la negra vendedora de mangos rió nerviosamente.

La vendedora ya no era vendedora. Ya no tenía trabajo. Seguía parada en frente de la nada de cemento. Ya no tenía ese poco de mangos que le daba el poco de seguridad y, quién sabe, también de orgullo. Por un instante la vi desnuda. Su vestido azul desvaído no le alcanzaba. La caja ya no estaba, pero la negra seguía parada frente a ella, alta y sola y delgada. Una figura geométrica invadida por el miedo.  El carro policial siguió camino ordenadamente, a paso de gente respetuosa. La vendedora de mangos lo vio irse, otra vez impávida como al principio. Después río, otra vez nerviosamente. Balanceado su corazón y su ira entre el dolor y el miedo y ese poco de orgullo, siempre inútil, pero que nunca los deja ser tan pobres a los pobres. Reía la negra nerviosamente pero era exactamente desolador verla. No por el sinsentido de su risa, de cualquier modo engañosa en un momento así, no era eso lo conmovedor, sino verla sin trabajo. Despojada tan indigna como inútilmente. Ver el sitio vacío de su caja de mangos y verla a ella sin la ligera ilusión de su venta. El Miércoles Santo no se iba del lugar.  Ella no se movía del sitio sin caja mientras sus paisanos se le juntaban de regreso del susto.

Una bolsa con trozos suculentos de mango había caído al suelo, no a la camioneta.  Nadie la recogió.  Ahora el mango parecía de trozos de cemento. Un caobo negro fue testigo, dos cabinas telefónicas, varios gordos, el miércoles que era santo, un nazareno y el cronista que pasaba por ahí.

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